La Resurrección de Cristo (2/2)

… Continúa desde la PARTE 1

HIPÓTESIS METAFÍSICA SOBRE LA RESURRECCIÓN

Biológicamente, es imposible que un ser humano fallecido resucite. Ahora bien, si nos guiamos por las enseñanzas que el apóstol Tomas dejó en la India, tenemos que Jesús era un ser humano como nosotros pero, para cumplir su trascendental misión, la divinidad le ayudaba poseyendo a su persona en las ocasiones en que era pertinente; lo cual le dotaba de dones extraordinarios eventualmente y, lógicamente y como consecuencia, también con un nivel vibratorio excepcionalmente elevado.

Todo indica que Jesús, una vez apresado, sufre los padecimientos que le llevan a su crucifixión y muerte sin ayuda divina. Y con su muerte se culmina con éxito su misión sobrenatural: un ser humano ha despertado al conocimiento de la naturaleza espiritual y ha sido fiel a ella con una determinación y fe inquebrantables. Y el hecho de culminar con éxito su sagrada tarea, permite que las puertas de la salvación queden abiertas para todo aquel que quiera seguir el camino que él nos ha descubierto.

Como merecida recompensa y colofón al leal cumplimiento de su cometido divino, Dios cumple la promesa dada al comienzo de su insólita misión –y profetizada en el Salmo de David: «no dejarás que tu santo vea corrupción»- y le insufla de nuevo vida.

¿Cómo?

Hoy en día, gracias a la ciencia sabemos que la Energía es lo que crea y sustenta la materia. Y también presuponemos que hay una Inteligencia superior que crea y dirige esa energía con el poder de su intención y voluntad. Por lo tanto, hipotéticamente, es posible devolver a un cuerpo su energía vital si dicha Inteligencia decide hacerlo.

En palabras de Max Planck (Premio Nobel de Física): “A raíz de mis exploraciones en el campo atómico, declaro lo siguiente: No existe la materia en sí”.

“Toda materia nace y permanece únicamente en virtud de una Fuerza que pone en vibración las partículas intraatómicas y las mantiene vinculadas… debemos admitir detrás de la Fuerza mencionada la presencia de un Espíritu consciente inteligente, o sea que EL FUNDAMENTO ESENCIAL DE LA MATERIA ES DICHO ESPIRITU».

“Ya que según vimos la Materia no existe sin este Espíritu, lo real, cierto y efectivo no es la Materia visible y transitoria, sino el Espíritu invisible e inmortal”.

De acuerdo con la metafísica

el ser humano está compuesto de cuerpo físico, cuerpo astral (el molde energético del cuerpo físico) y alma; siendo el alma un vehículo que transita por múltiples egos y los trasciende, en su evolución para asemejarse lo más posible al Espíritu Santo original e inmutable del que es una proyección.

Pues bien, tras el fallecimiento, el cuerpo físico entra en una dinámica de putrefacción y se va descomponiendo. Por su parte, se considera que el cuerpo etérico se disuelve en no más de 72 horas. De tal manera que el alma, ya sin la envoltura físico-etérica, entra en una fase de tránsito o estado intermedio entre el mundo que acaba de abandonar y el plano de luz. Así permanece un tiempo indefinido, mientras aún no se haya liberado de los apegos emocionales y mentales correspondientes a su encarnación.

Sin embargo, el caso de Jesucristo es completamente diferente y, por lo tanto, todo el proceso que hemos mencionado, también.

Dadas sus cualidades espirituales y la pureza con la que vivió, Jesús se hizo digno de ser poseído por el Cristo “unigénito” celestial tras su bautismo en el río Jordán. Y puesto que su cuerpo fallecido estaba impregnado de esa energía crística y su excepcionalmente elevada vibración, no entró en la dinámica de la putrefacción sino que experimentó un fenómeno energético de desintegración, que dejo una marca radioactiva en el lienzo que lo envolvía.

Su cuerpo etérico, enteramente permeado por la fuerza crística, no sólo no se diluyó sino que se transformó en el “cuerpo de resurrección” que, a voluntad, Cristo podía utilizarlo para densificarlo más o menos y manifestarse físicamente durante el tiempo en que aún estuvo entre nosotros.

“A la par que la dimensión espiritual de Cristo retornó a los Cielos, su cuerpo etérico transformado y expandido se hizo uno con el cuerpo etérico de la Tierra, que quedó así impregnada de lo crístico para siempre” (Emilio Carrillo. La sabiduría y el significado profundo de las enseñanzas de Jesús de Nazaret). De esa manera, como su energía salvadora permanece en el campo astral de la Madre Tierra, cualquiera que lo desee puede emocionalmente orientarse hacia ella, invocarla o utilizarla como inspiración.

Quizás por ello, mientras Jesús le dice en la cruz al buen ladrón que esa noche estará con él en el paraíso -es decir, que su alma rescatada volverá al reino de la luz en el que el espíritu de Cristo siempre ha estado-, cuando se aparece a María Magdalena le dice que “aún no he subido a mi Padre”, porque ella y los apóstoles lo que están viendo es el cuerpo etérico de Jesús densificado.

La Transfiguración

Abundando en esta hipótesis, es de destacar que los evangelios relatan cómo, un tiempo antes de que Jesús fuera apresado, Jesús se transfiguró y de su cuerpo emanó una luz tan potente que cejó por unos instantes a los apóstoles que estaban con él. Y también, poco después, cuando a Jesús le avisan de que su amigo Lázaro está muy enfermo y le piden que vaya a curarlo, él prefiere esperar tranquilamente a que muera para ir a resucitarlo cuando ya lleva cuatro días fallecido.

Da la impresión de que Jesús está comprobando el alcance de sus poderes energéticos como Jesucristo, antes del trascendental desenlace que le espera.

Joaquín Ferrer

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La Resurrección de Cristo (1/2)

Artículo extraído del Libro: NEOCRISTIANISMO: La Revolución Necesaria

Los apóstoles necesitaron ver a Jesús resucitado con sus propios ojos para entender cuál había sido el verdadero sentido de su vida y de su mensaje. En ese momento, y ante tan extraordinario hecho, se dieron definitivamente cuenta de que sus enseñanzas no tenían como objetivo liberar al pueblo judío de los romanos, ni restablecer ningún teocrático reino terrenal. Su innovador y salvador mensaje era más profundo e iba más allá de esas cuestiones.

El impacto de ver a Jesús resucitado, dio a los apóstoles la convicción y la energía necesarias para lanzarse a predicar las enseñanzas de su maestro, aun a costa de ser martirizados en la mayoría de los casos.

No obstante, dado lo inverosímil del hecho, es razonable que alberguemos dudas al respecto de cómo pudo producirse tan inaudito y excepcional suceso.

Si Jesús es quien dice ser, entonces la Resurrección es posible

Ahora bien, si Jesús es quien dice ser, entonces la Resurrección es posible. Y al final de este artículo analizaremos esta afirmación; pero ahora vamos a hablar de otros aspectos relacionados con ella.

Jesús no pudo haberse resucitado a sí mismo porque no era Dios, pero sí pudo ser resucitado de forma excepcional gracias a un pacto entre Dios Todopoderoso y él. Era un alma muy avanzada, elegida para una salvadora misión que voluntariamente aceptó, y que, habiéndola cumplido enteramente, demostró ser digno de esa elección.

Jesús compartía con nosotros la misma naturaleza humana. Al merecer ser glorificado con la resurrección física, el ser humano, hermanado a él, recupera la atávica conexión perdida con su Espíritu Santo. Sus enseñanzas, sus logros y su ejemplo son la brújula que nos indica el camino para realizarnos.

También podemos pensar, si creemos a los apóstoles pero somos un poco más escépticos, que lo más probable es que la resurrección de Jesús consistiera en unas apariciones “en espíritu” a sus discípulos. Apariciones impactantes que les sugestionaron pero no implicaron a su cuerpo físico.

En tal caso, y dado que alguien tendría que haber hecho desaparecer su cuerpo, eso indicaría la existencia de un plan elaborado por otra gente distinta a sus discípulos.

De todos modos, unas claras apariciones en espíritu después de fallecido también es señal evidente de la existencia de vida más allá de la vida terrenal.

La hipótesis de que no llegara a morir en la cruz y reapareciera “curado” después de cuarenta horas, es inviable porque unas heridas como las que sufrió dejan graves secuelas. Y un resucitado inválido o cojo y lleno de heridas, no sería un mesías muy convincente sino claramente un moribundo recuperado.

Los ebionitas

Por otra parte, tampoco es obligado creer en la resurrección de Jesús para comprender la verdad y belleza de su mensaje. De hecho, mientras que los apóstoles y sus primeros discípulos sí creían que dicho milagro había ocurrido, una facción de los ebionitas (judíos cristianos posteriores) empezaron a dudar de que Jesucristo hubiera resucitado físicamente. Ello, sin embargo, no era impedimento para considerarlo el verdadero mesías y vivir de acuerdo con sus enseñanzas. Pero tanto los nazarenos (seguidores directos de los apóstoles) como todos los ebionitas coincidían en considerar a Pablo un traidor al mensaje original de Jesús.

Por cierto, Mahoma incorporó en el Corán la imagen de Jesús que tenían esos ebionitas, con los que estuvo en contacto.

Sea como fuere, lo cierto es que “la señal de Jonás” se ha producido. Su misión ha tenido éxito porque la semilla de su mensaje se ha divulgado.

El Mensaje metafísico de Jesús

Sin embargo, dejando de lado por ahora las hipótesis sobre su resurrección, en este apartado vamos a centrarnos en descifrar las peculiaridades metafísicas de su mensaje.

Antes de Cristo, la visión que se tenía de Dios era la de un ser todopoderoso y separado del ser humano, al que había que temer puesto que tenía nuestro destino y nuestra trascendencia en sus caprichosas manos. Para complacerle había que cumplir sus normas ya que, si bien podían ser justas, no hacerlo conllevaba irremisiblemente castigos que podían llegar a la condenación eterna. Para aplacar su ira o conseguir su favor, quedaba el recurso de realizar ritualizados sacrificios de animales.

Cinco siglos antes que Jesús, Buda consiguió por sí mismo alcanzar la iluminación y pudo darse cuenta de que la vida material es inevitablemente sufrimiento. Para liberar al ser humano de la rueda del karma y las reencarnaciones, propuso practicar la vida ética y el desapego de los deseos; pero Cristo va más allá. La aportación genuina de Jesucristo a la humanidad es hacernos comprender que Dios es Amor verdadero, es decir, Amor Incondicional; con toda la belleza, el gozo y la paz que esa afirmación implica. Para remarcar más esa afirmación, Jesús llama a Dios, “Padre” (hoy diríamos “Madre”), y nos dice que nosotros -junto con él- somos sus hijos amados. De esa manera, acerca la imagen de Dios a nuestros corazones. Ya no es una figura fría y lejana a la que hay que temer sino un Dios amigable que vive dentro de cada uno de nosotros.

A un Dios de esa naturaleza hay que buscarlo emocionalmente. Únicamente podremos sentirnos conectados con Él al hacer brillar el amor que se esconde en el fondo de nuestro ser, por encima de los engañosos miedos que la mente y la materia generan.

Aunque nosotros hayamos olvidado lo que Jesús viene a recordarnos, que “nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, él nos despierta de las ilusiones del ego al hacernos ver que solo podemos sentirnos felices cuando hacemos las cosas “desde el amor”; cuando expresamos lo que somos. No hay otro camino. Aunque por amor tengamos libre albedrío, tratar de ser lo que no somos solo produce insatisfacción, sensación de vacío y sufrimiento.

Durante su vida pública, Jesús transmitió esas enseñanzas mediante parábolas para que su mensaje perdurara en el tiempo, a la vez que, en una ambivalencia calculada para mantener la expectación sobre él, también decía a sus compatriotas lo que estos esperaban oír del mesías en el que creían. De esa manera, cuando decidió que había llegado la hora de que lo apresaran, cambia tácticamente su discurso para provocar su arresto. Así, en vez de decir “poned la otra mejilla” o “amar a vuestros enemigos”, dice “no he venido a traer la paz sino la espada”, y ofende a los sacerdotes pero no llama a la rebelión, decepcionando de ese modo a todos los que lo habían aclamado al entrar desafiante en Jerusalén. Por el contrario, espera a que lo arresten por la noche en un huerto apartado de la multitud. Ya en la cruz, vuelve a decir “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Ciertamente, su elevado, alegre y liberador mensaje espiritual aún no se ha comprendido ni desarrollado masivamente. El antiguo Dios justiciero al que hay que temer todavía está instalado en la mente del ser humano. Bien para creer en él y sufrir de culpabilidad, o para negarlo y sentirse confundido o vacío.

La interpretación de Pablo

El radical y esforzado Pablo pone el énfasis en que Jesús se ha ofrecido en sacrificio por nuestros pecados, y en el hecho de que ha resucitado. Lo que conlleva que debamos sentirnos abrumados por ese sacrificio inocente e indignos de merecerlo. Y para hacernos dignos de él, hemos de adorarlo, hacer penitencia y cumplir con las reglas morales. Desde su punto de vista, el hecho de su resurrección es más importante que el mensaje que trasmite y, en consecuencia, lo primordial para alcanzar la salvación es adorarle y obedecerle como la manifestación de Dios que es.

Pero hay una interpretación más positiva de la razón de su sacrificio y resurrección. Su voluntario sacrificio es una suprema lección de amor hacia nosotros. Por lo tanto, Jesús no busca que le adoremos ni nos sintamos indignos y culpables; no quiere eso porque nos ama verdaderamente. Nos quiere liberar de nuestros miedos existenciales para que así podamos desarrollar nuestra innata capacidad de amar. No en vano dijo: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. De forma que, paradójicamente, él se sacrifica por misericordia. Y en consecuencia, en lugar de culpabilidad hay que sentir consuelo e inmensa gratitud por su gesto.

Pablo obedece a Cristo porque es Dios, y en obedecerlo está la salvación. Los apóstoles lo hacen porque le comprenden. Comprenden su mensaje de que Dios es Amor Incondicional, y nosotros también lo somos porque nuestro espíritu comparte su misma naturaleza. Lo comprenden y, mirando dentro de sí (como el hijo pródigo), sienten esa verdad en sus corazones y sienten la necesidad de vivir en coherencia con ella. Jesús vendría a ser el hermano mayor del hijo pródigo que baja a abrirnos los ojos.

Ver el mundo con otros ojos

Cristo nos propone ver el mundo con otros ojos. Cuando damos algo material sentimos que lo hemos perdido, por lo tanto, intercambiamos cosas o damos lo que nos sobra. En el “reino emocional de Dios” que Jesús nos enseña, impera la paradoja: allí dar significa recibir porque lo que das con el corazón no se agota. De hecho, lo que así das es una manifestación de lo que tienes y eres.

Posiblemente, el florecimiento de su semilla (la segunda venida) no se produzca a nivel global. Él no demostró mucho interés en los asuntos de este mundo, y menos en hacer de este mundo un lugar mejor (“mi reino no es de este mundo”), sino en que cada uno encuentre su luz interior y la haga brillar.

HIPÓTESIS METAFÍSICA SOBRE LA RESURRECCIÓN

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