La Resurrección de Cristo (2/2)

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HIPÓTESIS METAFÍSICA SOBRE LA RESURRECCIÓN

Biológicamente, es imposible que un ser humano fallecido resucite. Ahora bien, si nos guiamos por las enseñanzas que el apóstol Tomas dejó en la India, tenemos que Jesús era un ser humano como nosotros pero, para cumplir su trascendental misión, la divinidad le ayudaba poseyendo a su persona en las ocasiones en que era pertinente; lo cual le dotaba de dones extraordinarios eventualmente y, lógicamente y como consecuencia, también con un nivel vibratorio excepcionalmente elevado.

Todo indica que Jesús, una vez apresado, sufre los padecimientos que le llevan a su crucifixión y muerte sin ayuda divina. Y con su muerte se culmina con éxito su misión sobrenatural: un ser humano ha despertado al conocimiento de la naturaleza espiritual y ha sido fiel a ella con una determinación y fe inquebrantables. Y el hecho de culminar con éxito su sagrada tarea, permite que las puertas de la salvación queden abiertas para todo aquel que quiera seguir el camino que él nos ha descubierto.

Como merecida recompensa y colofón al leal cumplimiento de su cometido divino, Dios cumple la promesa dada al comienzo de su insólita misión –y profetizada en el Salmo de David: «no dejarás que tu santo vea corrupción»- y le insufla de nuevo vida.

¿Cómo?

Hoy en día, gracias a la ciencia sabemos que la Energía es lo que crea y sustenta la materia. Y también presuponemos que hay una Inteligencia superior que crea y dirige esa energía con el poder de su intención y voluntad. Por lo tanto, hipotéticamente, es posible devolver a un cuerpo su energía vital si dicha Inteligencia decide hacerlo.

En palabras de Max Planck (Premio Nobel de Física): “A raíz de mis exploraciones en el campo atómico, declaro lo siguiente: No existe la materia en sí”.

“Toda materia nace y permanece únicamente en virtud de una Fuerza que pone en vibración las partículas intraatómicas y las mantiene vinculadas… debemos admitir detrás de la Fuerza mencionada la presencia de un Espíritu consciente inteligente, o sea que EL FUNDAMENTO ESENCIAL DE LA MATERIA ES DICHO ESPIRITU».

“Ya que según vimos la Materia no existe sin este Espíritu, lo real, cierto y efectivo no es la Materia visible y transitoria, sino el Espíritu invisible e inmortal”.

De acuerdo con la metafísica

el ser humano está compuesto de cuerpo físico, cuerpo astral (el molde energético del cuerpo físico) y alma; siendo el alma un vehículo que transita por múltiples egos y los trasciende, en su evolución para asemejarse lo más posible al Espíritu Santo original e inmutable del que es una proyección.

Pues bien, tras el fallecimiento, el cuerpo físico entra en una dinámica de putrefacción y se va descomponiendo. Por su parte, se considera que el cuerpo etérico se disuelve en no más de 72 horas. De tal manera que el alma, ya sin la envoltura físico-etérica, entra en una fase de tránsito o estado intermedio entre el mundo que acaba de abandonar y el plano de luz. Así permanece un tiempo indefinido, mientras aún no se haya liberado de los apegos emocionales y mentales correspondientes a su encarnación.

Sin embargo, el caso de Jesucristo es completamente diferente y, por lo tanto, todo el proceso que hemos mencionado, también.

Dadas sus cualidades espirituales y la pureza con la que vivió, Jesús se hizo digno de ser poseído por el Cristo “unigénito” celestial tras su bautismo en el río Jordán. Y puesto que su cuerpo fallecido estaba impregnado de esa energía crística y su excepcionalmente elevada vibración, no entró en la dinámica de la putrefacción sino que experimentó un fenómeno energético de desintegración, que dejo una marca radioactiva en el lienzo que lo envolvía.

Su cuerpo etérico, enteramente permeado por la fuerza crística, no sólo no se diluyó sino que se transformó en el “cuerpo de resurrección” que, a voluntad, Cristo podía utilizarlo para densificarlo más o menos y manifestarse físicamente durante el tiempo en que aún estuvo entre nosotros.

“A la par que la dimensión espiritual de Cristo retornó a los Cielos, su cuerpo etérico transformado y expandido se hizo uno con el cuerpo etérico de la Tierra, que quedó así impregnada de lo crístico para siempre” (Emilio Carrillo. La sabiduría y el significado profundo de las enseñanzas de Jesús de Nazaret). De esa manera, como su energía salvadora permanece en el campo astral de la Madre Tierra, cualquiera que lo desee puede emocionalmente orientarse hacia ella, invocarla o utilizarla como inspiración.

Quizás por ello, mientras Jesús le dice en la cruz al buen ladrón que esa noche estará con él en el paraíso -es decir, que su alma rescatada volverá al reino de la luz en el que el espíritu de Cristo siempre ha estado-, cuando se aparece a María Magdalena le dice que “aún no he subido a mi Padre”, porque ella y los apóstoles lo que están viendo es el cuerpo etérico de Jesús densificado.

La Transfiguración

Abundando en esta hipótesis, es de destacar que los evangelios relatan cómo, un tiempo antes de que Jesús fuera apresado, Jesús se transfiguró y de su cuerpo emanó una luz tan potente que cejó por unos instantes a los apóstoles que estaban con él. Y también, poco después, cuando a Jesús le avisan de que su amigo Lázaro está muy enfermo y le piden que vaya a curarlo, él prefiere esperar tranquilamente a que muera para ir a resucitarlo cuando ya lleva cuatro días fallecido.

Da la impresión de que Jesús está comprobando el alcance de sus poderes energéticos como Jesucristo, antes del trascendental desenlace que le espera.

Joaquín Ferrer

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La Resurrección de Cristo (1/2)

Artículo extraído del Libro: NEOCRISTIANISMO: La Revolución Necesaria

Los apóstoles necesitaron ver a Jesús resucitado con sus propios ojos para entender cuál había sido el verdadero sentido de su vida y de su mensaje. En ese momento, y ante tan extraordinario hecho, se dieron definitivamente cuenta de que sus enseñanzas no tenían como objetivo liberar al pueblo judío de los romanos, ni restablecer ningún teocrático reino terrenal. Su innovador y salvador mensaje era más profundo e iba más allá de esas cuestiones.

El impacto de ver a Jesús resucitado, dio a los apóstoles la convicción y la energía necesarias para lanzarse a predicar las enseñanzas de su maestro, aun a costa de ser martirizados en la mayoría de los casos.

No obstante, dado lo inverosímil del hecho, es razonable que alberguemos dudas al respecto de cómo pudo producirse tan inaudito y excepcional suceso.

Si Jesús es quien dice ser, entonces la Resurrección es posible

Ahora bien, si Jesús es quien dice ser, entonces la Resurrección es posible. Y al final de este artículo analizaremos esta afirmación; pero ahora vamos a hablar de otros aspectos relacionados con ella.

Jesús no pudo haberse resucitado a sí mismo porque no era Dios, pero sí pudo ser resucitado de forma excepcional gracias a un pacto entre Dios Todopoderoso y él. Era un alma muy avanzada, elegida para una salvadora misión que voluntariamente aceptó, y que, habiéndola cumplido enteramente, demostró ser digno de esa elección.

Jesús compartía con nosotros la misma naturaleza humana. Al merecer ser glorificado con la resurrección física, el ser humano, hermanado a él, recupera la atávica conexión perdida con su Espíritu Santo. Sus enseñanzas, sus logros y su ejemplo son la brújula que nos indica el camino para realizarnos.

También podemos pensar, si creemos a los apóstoles pero somos un poco más escépticos, que lo más probable es que la resurrección de Jesús consistiera en unas apariciones “en espíritu” a sus discípulos. Apariciones impactantes que les sugestionaron pero no implicaron a su cuerpo físico.

En tal caso, y dado que alguien tendría que haber hecho desaparecer su cuerpo, eso indicaría la existencia de un plan elaborado por otra gente distinta a sus discípulos.

De todos modos, unas claras apariciones en espíritu después de fallecido también es señal evidente de la existencia de vida más allá de la vida terrenal.

La hipótesis de que no llegara a morir en la cruz y reapareciera “curado” después de cuarenta horas, es inviable porque unas heridas como las que sufrió dejan graves secuelas. Y un resucitado inválido o cojo y lleno de heridas, no sería un mesías muy convincente sino claramente un moribundo recuperado.

Los ebionitas

Por otra parte, tampoco es obligado creer en la resurrección de Jesús para comprender la verdad y belleza de su mensaje. De hecho, mientras que los apóstoles y sus primeros discípulos sí creían que dicho milagro había ocurrido, una facción de los ebionitas (judíos cristianos posteriores) empezaron a dudar de que Jesucristo hubiera resucitado físicamente. Ello, sin embargo, no era impedimento para considerarlo el verdadero mesías y vivir de acuerdo con sus enseñanzas. Pero tanto los nazarenos (seguidores directos de los apóstoles) como todos los ebionitas coincidían en considerar a Pablo un traidor al mensaje original de Jesús.

Por cierto, Mahoma incorporó en el Corán la imagen de Jesús que tenían esos ebionitas, con los que estuvo en contacto.

Sea como fuere, lo cierto es que “la señal de Jonás” se ha producido. Su misión ha tenido éxito porque la semilla de su mensaje se ha divulgado.

El Mensaje metafísico de Jesús

Sin embargo, dejando de lado por ahora las hipótesis sobre su resurrección, en este apartado vamos a centrarnos en descifrar las peculiaridades metafísicas de su mensaje.

Antes de Cristo, la visión que se tenía de Dios era la de un ser todopoderoso y separado del ser humano, al que había que temer puesto que tenía nuestro destino y nuestra trascendencia en sus caprichosas manos. Para complacerle había que cumplir sus normas ya que, si bien podían ser justas, no hacerlo conllevaba irremisiblemente castigos que podían llegar a la condenación eterna. Para aplacar su ira o conseguir su favor, quedaba el recurso de realizar ritualizados sacrificios de animales.

Cinco siglos antes que Jesús, Buda consiguió por sí mismo alcanzar la iluminación y pudo darse cuenta de que la vida material es inevitablemente sufrimiento. Para liberar al ser humano de la rueda del karma y las reencarnaciones, propuso practicar la vida ética y el desapego de los deseos; pero Cristo va más allá. La aportación genuina de Jesucristo a la humanidad es hacernos comprender que Dios es Amor verdadero, es decir, Amor Incondicional; con toda la belleza, el gozo y la paz que esa afirmación implica. Para remarcar más esa afirmación, Jesús llama a Dios, “Padre” (hoy diríamos “Madre”), y nos dice que nosotros -junto con él- somos sus hijos amados. De esa manera, acerca la imagen de Dios a nuestros corazones. Ya no es una figura fría y lejana a la que hay que temer sino un Dios amigable que vive dentro de cada uno de nosotros.

A un Dios de esa naturaleza hay que buscarlo emocionalmente. Únicamente podremos sentirnos conectados con Él al hacer brillar el amor que se esconde en el fondo de nuestro ser, por encima de los engañosos miedos que la mente y la materia generan.

Aunque nosotros hayamos olvidado lo que Jesús viene a recordarnos, que “nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, él nos despierta de las ilusiones del ego al hacernos ver que solo podemos sentirnos felices cuando hacemos las cosas “desde el amor”; cuando expresamos lo que somos. No hay otro camino. Aunque por amor tengamos libre albedrío, tratar de ser lo que no somos solo produce insatisfacción, sensación de vacío y sufrimiento.

Durante su vida pública, Jesús transmitió esas enseñanzas mediante parábolas para que su mensaje perdurara en el tiempo, a la vez que, en una ambivalencia calculada para mantener la expectación sobre él, también decía a sus compatriotas lo que estos esperaban oír del mesías en el que creían. De esa manera, cuando decidió que había llegado la hora de que lo apresaran, cambia tácticamente su discurso para provocar su arresto. Así, en vez de decir “poned la otra mejilla” o “amar a vuestros enemigos”, dice “no he venido a traer la paz sino la espada”, y ofende a los sacerdotes pero no llama a la rebelión, decepcionando de ese modo a todos los que lo habían aclamado al entrar desafiante en Jerusalén. Por el contrario, espera a que lo arresten por la noche en un huerto apartado de la multitud. Ya en la cruz, vuelve a decir “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Ciertamente, su elevado, alegre y liberador mensaje espiritual aún no se ha comprendido ni desarrollado masivamente. El antiguo Dios justiciero al que hay que temer todavía está instalado en la mente del ser humano. Bien para creer en él y sufrir de culpabilidad, o para negarlo y sentirse confundido o vacío.

La interpretación de Pablo

El radical y esforzado Pablo pone el énfasis en que Jesús se ha ofrecido en sacrificio por nuestros pecados, y en el hecho de que ha resucitado. Lo que conlleva que debamos sentirnos abrumados por ese sacrificio inocente e indignos de merecerlo. Y para hacernos dignos de él, hemos de adorarlo, hacer penitencia y cumplir con las reglas morales. Desde su punto de vista, el hecho de su resurrección es más importante que el mensaje que trasmite y, en consecuencia, lo primordial para alcanzar la salvación es adorarle y obedecerle como la manifestación de Dios que es.

Pero hay una interpretación más positiva de la razón de su sacrificio y resurrección. Su voluntario sacrificio es una suprema lección de amor hacia nosotros. Por lo tanto, Jesús no busca que le adoremos ni nos sintamos indignos y culpables; no quiere eso porque nos ama verdaderamente. Nos quiere liberar de nuestros miedos existenciales para que así podamos desarrollar nuestra innata capacidad de amar. No en vano dijo: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. De forma que, paradójicamente, él se sacrifica por misericordia. Y en consecuencia, en lugar de culpabilidad hay que sentir consuelo e inmensa gratitud por su gesto.

Pablo obedece a Cristo porque es Dios, y en obedecerlo está la salvación. Los apóstoles lo hacen porque le comprenden. Comprenden su mensaje de que Dios es Amor Incondicional, y nosotros también lo somos porque nuestro espíritu comparte su misma naturaleza. Lo comprenden y, mirando dentro de sí (como el hijo pródigo), sienten esa verdad en sus corazones y sienten la necesidad de vivir en coherencia con ella. Jesús vendría a ser el hermano mayor del hijo pródigo que baja a abrirnos los ojos.

Ver el mundo con otros ojos

Cristo nos propone ver el mundo con otros ojos. Cuando damos algo material sentimos que lo hemos perdido, por lo tanto, intercambiamos cosas o damos lo que nos sobra. En el “reino emocional de Dios” que Jesús nos enseña, impera la paradoja: allí dar significa recibir porque lo que das con el corazón no se agota. De hecho, lo que así das es una manifestación de lo que tienes y eres.

Posiblemente, el florecimiento de su semilla (la segunda venida) no se produzca a nivel global. Él no demostró mucho interés en los asuntos de este mundo, y menos en hacer de este mundo un lugar mejor (“mi reino no es de este mundo”), sino en que cada uno encuentre su luz interior y la haga brillar.

HIPÓTESIS METAFÍSICA SOBRE LA RESURRECCIÓN

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La Biblia no es la Biblia (2/2)

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Varias décadas más tarde, en el año 538 a.C. a los judíos de Babilonia se les permitió regresar a la Tierra de Israel, gracias al decreto de Ciro el Grande.

A su regreso, esta clase dirigente divulgó la doctrina que traían escrita en sus pergaminos como la verdadera palabra de Dios. Esto produjo varios cismas antes de que pudiera acabar imponiéndose, ya que no todos estuvieron dispuestos a aceptar como auténtico el contenido de dichos manuscritos.

Oposiciones a la Biblia traída de Babilonia

La oposición más destacable fue la de los samaritanos, quienes adujeron que la tradición oral trasmitida por sus antepasados desmentía ciertas afirmaciones de la Torá.

Por otra parte, antes de que Nabucodonosor tomara Jerusalén, ante la inminente invasión o por otra razón, muchos judíos emigraron de su tierra, buscaron asilo en Egipto y construyeron un templo en una isla del Nilo: Elefantina. Y un papiro hallado en Elefantina retrata un judaísmo simple y diferente de aquel que se narra en el Antiguo Testamento: el que fue elaborado durante el destierro en Babilonia con la intención añadida de dotar al pueblo judío de un sentido de identidad racial, religiosa y nacional.

La Reina de los Cielos

El profeta Jeremías, antes de la conquista babilónica, predica contra la arraigada costumbre judía de adorar, junto a Yavhé, a la diosa llamada por él “Reina de los Cielos”. También amonesta por carta a los habitantes de Elefantina por la misma razón. Y estos responden a su misiva de esta manera:

«En eso que nos has dicho en nombre de Yahveh, no te hacemos caso, sino que cumpliremos precisamente cuanto tenemos prometido, que es quemar incienso a la Reina de los Cielos y hacerle libaciones, como venimos haciendo nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros jefes en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, que nos hartábamos de pan, éramos felices y ningún mal nos sucedía. En cambio, desde que dejamos de quemar incienso a la Reina de los Cielos y de hacerle libaciones, carecemos de todo, y por la espada y el hambre somos acabados.» 

Se cree que la así llamada “Reina de los Cielos”, podría ser la diosa Ishtar. En este sentido, resulta interesante la relación entre la palabra hebrea kawwānȋm, el término empleado por Jeremías para describir el culto a la Reina del Cielo, y el acadio kamānu, utilizado en documentos que detallan ofrendas a Ishtar.

Inspirado pero no sagrado

Sin duda el Antiguo Testamento es un libro lleno de sabiduría y pasajes espirituales muy inspirados. No obstante, no hay que dejarse deslumbrar por ellos y elevarlo a la categoría de sagrado, olvidando la interesada intervención terrenal del ser humano.

Joaquín Ferrer (Neocristianismo: La revolución necesaria)

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La Biblia no es la Biblia (1/2)

Artículo extraído del libro: NEOCRISTIANISMO: La revolución necesaria (Joaquín Ferrer).

El Origen

En el siglo X a.C. el Reino de Israel se divide en dos: el Reino de Israel en el norte y el Reino de Judá, con las tribus de Benjamín y Judá, en el sur. El primero incluyó en su territorio a Samaria; el segundo conservó Jerusalén.

En el año 853 a.C. Salmanasar III de Asiria y más tarde Sargón II en el 722 a.C. conquistaron las diez tribus norteñas de Israel y, según nos cuenta la Biblia, la mayoría de los habitantes fue deportada a tierras ocupadas por el imperio asirio y se trajo gente de otros lugares a Samaria. Así, dispersados entre otras naciones, asimilados en nuevas culturas, llegaron a perder su identidad original. Nunca volvieron, como pueblo, a la tierra de Israel, se les llamó Las diez tribus perdidas.

El Reino de Judá tuvo una vida más larga que el de sus hermanos, existiendo hasta el año 586 a.C., cuando fue conquistado por el Imperio babilónico y parte de la población, sobre todo la nobleza, fue deportada a Babilonia. A ello se hace referencia comúnmente con la expresión Cautiverio de Babilonia.

En dicho cautiverio, aunque en palabras del profeta Daniel “los hebreos valiosos eran ubicados en cargos importantes de la administración imperial”, lo cierto es que se veían forzados a vivir bajo las costumbres babilónicas.

En ese contexto, en el que la clase dirigente judía vivía deportada y bajo costumbres ajenas a las suyas, sumado a la memoria de la desaparición de las demás tribus israelitas, el miedo a la desaparición de su raza y su cultura estaba muy presente.

Para evitarlo, se fue fraguando la idea de narrar su historia, creencias y costumbres en un conjunto de escritos que tuvieran el poder de unificar y revitalizar su maltrecho sentido de identidad.

El hecho más característico de la identidad hebrea es la creencia en la existencia de un solo Dios y, dado que eran el único pueblo que sostenía esa convicción, se consideraban a sí mismos el pueblo elegido por Dios para dar a conocer al resto de la humanidad su existencia, su naturaleza y su voluntad divina.

Así pues, durante el destierro en babilonia, un grupo selecto de judíos se enfrascó en la tarea de redactar los documentos que nosotros denominamos la Biblia.

La Biblia actual

Es una recopilación de textos escritos en hebreo clásico (pero no antiguo), algo en arameo y finalmente también en griego, escritos durante un periodo muy dilatado y después reunidos para formar el Antiguo Testamento. Empezó durante la cautividad de Babilonia y se terminó alrededor del año 50 a.C. con el libro de la Sabiduría.

La escritura hebrea empezó a formarse alrededor del año 1.000 a.C. (hebreo antiguo) y tuvieron que transcurrir varios siglos para que sus normas ortográficas se unificaran y consolidaran. Por lo tanto, difícilmente puede haber textos escritos más antiguos, como suele afirmarse y que se atribuyen a Moisés.

Según la tradición abrahámica, Moisés debió habitar en el siglo XIV a.C. Esto plantea varias contradicciones con lo que hoy día sabemos de esa época. En el siglo XIV aún no había escritura hebrea (algo más tarde se empezó a escribir en paleo-hebreo, aún anterior al hebreo antiguo). Ya no solo es que el Éxodo esté escrito por varias fuentes y por un redactor que las unió, sino que estas fuentes ni siquiera proceden de la época de la que hablan. Así pues, los textos pretendidamente sagrados dictados por Moisés, histórica y gramaticalmente es imposible que así lo fueran.

Los relatos del Pentateuco (los cinco primeros libros de la Biblia) y los posteriores, tenían como propósito principal el unificar a un pueblo, y centralizar toda su administración mediante la fórmula clásica de crear una religión, con una deidad monoteísta que diera a los sacerdotes la autoridad pertinente y necesaria. Para ello, los sacerdotes y escribas, tomaron todas las leyendas que estos pueblos tenían (Yahvistas y Elohistas) y las unieron en un único libro, el Tanaj (Torá o Antiguo Testamento). Además, introdujeron la esperanza en la llegada de un mesías que haría que su Dios verdadero triunfara en toda la humanidad.

PLAGIOS

Para elaborar esa magna obra, que narra la historia del pueblo judío partiendo desde la creación del mundo, y por voluntad divina dicta las normas por las que tienen que regirse, no tuvieron inconveniente en plagiar pasajes y mitos de literatura sumeria que conocieron en Babilonia. Así, por ejemplo:

EL MITO DEL DILUVIO ya está contenido en la Epopeya sumeria de Gilgamesh (anterior a la existencia del pueblo judío) -así como el engaño de la serpiente-, y constituye un claro precedente de la historia bíblica del diluvio universal que se narra en el Génesis. “Demuele esta casa, construye una nave… A bordo de la nave lleva la simiente de todas las cosas vivas… Toda mi familia y parentela hice subir al barco. Las bestias de los campos, las salvajes criaturas de los campos… El diluvio amainó en la batalla que había reñido, la tempestad se apaciguó, el diluvio cesó. Contemplé el tiempo: la calma se había establecido, y toda la humanidad había vuelto a la arcilla…. Envié y solté una paloma. La paloma se fue, pero regresó; puesto que no había descansadero visible, volvió…”

EL RELATO DEL NACIMIENTO DE MOISÉS, se escribió a partir de una historia familiar importante, la de Sargón de Akkad (2.270 al 2.220 a.C.).

Un texto asirio del siglo VII a.C., que se presenta como la autobiografía de Sargón (de origen semita, como los hebreos), afirma que el gran rey era el hijo ilegítimo de una sacerdotisa. En el texto Sargón cuenta su nacimiento, y su primera infancia se describe así: Mi madre, la gran sacerdotisa, me concibió y me tuvo en secreto. Me colocó en una canasta de mimbre, y la selló con betún. Me depositó en el río, que me llevó. El río me tomó y me llevó hasta Akki, el Aguador. Akki, el Aguador, me tomó como hijo y cuidó de mí. Akki, el Aguador, me nombró su jardinero. Mientras era jardinero Ishtar me ofreció su amor, y por […] años goberné como rey.»

 – En el MITO DE LA CREACIÓN SUMERIO, los dioses que habitaban la tierra (elohim) crearon a los hombres (y mujeres) del barro para liberar a estos de sus trabajos. Es decir, para utilizarlos como sirvientes o esclavos.

En un momento dado, el dios Enki, haciendo experimentos enferma y le duele la costilla. Entonces su esposa, la diosa Ninhusarg, crea del barro a una mujer para que le sirva de enfermera. Ahora bien, en sumerio, el vocablo TI significa a la vez “costilla” y “hacer vivir”. Y en un juego de palabras, los escritores sumerios llamaron a esa mujer creada, la “dama que hace vivir”.

Cuando ese relato se incorporó a la Biblia, naturalmente el juego de palabras perdió todo su valor, ya que en hebreo las palabras que significan «costilla» y «vida» no tienen nada en común.

En esa adaptación de la narración, como sabemos, Eva nace de la costilla de Adán, y como consecuencia se ha considerado tradicionalmente que la mujer está supeditada al hombre.

Esa traslación de la historia ¿ha sido inspirada por Dios?

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El Apocalipsis de San Juan 2/2

(Artículo extraído del libro NEOCRISTIANISMO: La revolución necesaria)

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Por otra parte, la obra contiene algunos aspectos anecdóticos dignos de mención. A modo de ejemplo, he aquí tres de ellos:

1.- El famoso número diabólico “666” NO EXISTE.

No existe porque cuando habla de un dragón maligno “que tiene número de hombre”, el número en cuestión está escrito en números romanos, es decir, con letras mayúsculas. Así: DCLXVI. Cuyas siglas significan Domitius Caesar Legatos Xti Violenter Interfecit. Que traducido significa: Domicio César mató vilmente a los enviados de Cristo.

Resultando que “Domicio” era un nombre compartido de Neróny Domiciano antes de ser emperadores. Por lo tanto, con ese número simbólico (escrito en letras) está señalando a ambos emperadores como anticristos.

2.- Es llamativa la frase del Apocalipsis 12:9 “Fue arrojado el Dragón grande, la antigua serpiente, llamada diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra”. Sin embargo, actualmente, al haberse retocado su traducción original y cambiado por “la tierra entera”, el matiz de la redondez ha desaparecido.

Aunque algunos filósofos y matemáticos griegos ya opinaban que la tierra era redonda en aquellos tiempos, casi todo el mundo sostenía la creencia de que la tierra era plana.

3.- Cuando se habla de la salvación de 144.000 personas, esa cifra (12.000 por cada una de las doce tribus de Israel) se considera simbólica para significar una gran muchedumbre universal.

Por otra parte, tenemos que 1+4+4 = 9. Y en numerología, el número 9 se asocia con la finalización de ciclos, el altruismo, la compasión, la espiritualidad y la trascendencia.

En consecuencia, interpretándolo de esa forma podríamos concluir que al final de los tiempos se salvaría toda la humanidad.

Una buena clave para comprender el Apocalipsis es tener en cuenta que, cuando algo se repite tres veces o más (juicios, trompetas, copas, catástrofes…), es porque se está remarcando el mensaje repetido para darle más fuerza de convicción.

A diferencia de los evangelios, en los que los misterios del cielo son contemplados desde la tierra, en el Apocalipsis es la tierra la que es contemplada desde el cielo. Así se puede entender que, el anuncio de los castigos de Dios, es más bien la traducción de la “catástrofe interior” que será para muchos la falta o el desvío de la auténtica fe cuando llegue el final o cambio de sistema.

Las profecías del Apocalipsis anuncian la llegada inexorable de un cambio de mentalidad orientado hacia el amor y la espiritualidad. A nivel individual, esas profecías son intemporales.

Con respecto al Juicio Final, éste no representa propiamente al infierno sino a la destrucción total y permanente de la iniquidad (su desaparición), tras la cual solo queda la verdadera vida, el mundo celestial, lo único real desde la eternidad.

Finalmente, el cielo en el misticismo judío conlleva una tierra prometida celestial -incluyendo Jerusalén-. Cuando la Biblia menciona La Nueva Jerusalén, el santuario celestial, el pan de vida o el trono de Dios, se refiere a la concepción mística judía del cielo. Desde su perspectiva, el mundo celestial tiene también una composición material, si bien ésta es perfecta y sublimada respecto al mundo material imperfecto del plano terrenal.

Asimismo, de acuerdo a la cosmología judía, “los nuevos cielos y la nueva tierra” es una expresión usada en las Escrituras para describir el estado eterno, glorioso y definitivo de la humanidad redimida, donde el cielo viene a la tierra y la vida es restaurada a lo que Dios quiso que fuera desde el principio.

Joaquín Ferrer

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El Apocalipsis de San Juan 1/2

(Artículo extraído del libro NEOCRISTIANISMO: La revolución necesaria)

Cuando el cristianismo era perseguido por algunos emperadores romanos en los primeros tiempos, surgió un tipo de escritos esotéricos llamados apocalipsis, que significa “revelación”. El más famoso y que ha perdurado en el tiempo es el atribuido a San Juan.

El estilo y el lenguaje empleados en ellos estaban intencionadamente llenos de simbolismos y claves de difícil interpretación. La idea era que sólo los pudiera descifrar la gente preparada hacia quienes iban dirigidos sus mensajes ocultos. De esa forma, la “revelación” podía llegar al destinatario saltándose la censura romana. Después, cada receptor del mensaje ya se encargaría de exponerlo más claramente en su comunidad.

El objetivo de esas revelaciones simbólicas, esotéricas y místicas era fortalecer en la fe, animar y consolar a los cristianos en esos tiempos de tribulación, anunciando la destrucción de los enemigos del cristianismo y el triunfo final, cierto y definitivo, de Cristo y su Iglesia.

El Apocalipsis es un manual de perseverancia cristiana y está escrito en forma alegórica. Es decir, una ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente.

La mayoría de nosotros hemos tenido sueños muy extraños en alguna ocasión y no hemos sabido entenderlos. Sin embargo, un experto en interpretación de los sueños podría haber hallado el significado correcto y, seguramente, las cosas raras que hemos visto o nos han pasado en él no se corresponderían con un análisis literal, sino que eran símbolos o metáforas creadas por nuestro inconsciente para “disimular” su significado ante nuestro consciente.

El Apocalipsis es un tipo de escrito propio de una época determinada. Y la mayoría de los exégetas concuerdan en afirmar que lo que se anuncia misteriosamente en él se refiere a una época que ya ha pasado y, por lo tanto, hoy en día resulta anacrónico. Aunque, todo hay que decirlo, también hay quienes, llevados por su fe absoluta en la veracidad de las sagradas escrituras tal como nos han llegado, lo ven de otra manera.

Para ellos, el concepto de “tiempo” en el Apocalipsis no debe entenderse en forma lineal sino “espiritual”. Éste se referiría a la evolución de la conciencia y está relacionado con el “tiempo oportuno” para la salvación: el tiempo adecuado para que los eventos acontezcan y algo importante suceda, especialmente en relación al fin de un ciclo o sistema y el comienzo del siguiente.

Sólo esa lectura mística sería compatible con la afirmación de Jesús, según la cual “el día y la hora no los sabe nadie, ni siquiera los ángeles de los cielos, ni el Hijo mismo, sino solo mi Padre”.

En cualquier caso, este artículo no tiene el objetivo de analizar con demasiada extensión y profundidad el Apocalipsis (eso lo dejamos para otra ocasión), a pesar del atractivo que el documento tiene, ya que se presta a fabulaciones e interpretaciones de todo tipo, puesto que no nos aporta ningún mensaje espiritual reseñable.

No obstante, sí puede ser útil añadir varias consideraciones aclaratorias sobre él.

Su lenguaje apocalíptico es enérgicamente evocativo, incluso provocativo. Las imágenes y los símbolos usados no hay que tomarlos al pie de la letra. Está plagado de claves puestas intencionadamente, para que solo los expertos de la época las supieran interpretar y trasladar a los demás miembros de su comunidad. El breve relato del Apocalipsis se apoya constantemente en citas y profecías de la Biblia. Se han contado 518 citas del Antiguo Testamento, desde El Cantar de los Cantares hasta profetas como Isaías, Ezequiel y Daniel.

En consecuencia, dada la inclusión intencionada y continuada de referencias en clave a pasajes del Antiguo Testamento, es impensable que las visiones o el mensaje que recibió el autor, éste no las haya adornado a la hora de transcribirlas, con el fin, como hemos dicho, de sortear la censura romana, dar fuerza dramática al mensaje encriptado y apoyarlo en las sagradas escrituras judías.

Por ello, hacer una lectura llana, que considere que el Apocalipsis es principalmente un texto escrito en clave, y se centre en descifrar los símbolos de ese gran criptograma, sería un error. El Apocalipsis intenta hablar más al corazón que a la mente. Es más bien un intento de llegar a traducir en términos humanos algo que no puede ser directamente explicado ni comprendido. Por lo tanto, en vez de perderse en los detalles, hay que poner el foco en encontrar la visión panorámica y mística que el autor quería transmitirnos.

ORIGEN

El apóstol Juan, el más joven de los 12 apóstoles, era un viejo a finales del siglo I, cuando escribió este relato.

Estaba desterrado en la Isla de Patmos, “por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Ap 1,9), cuando decide escribir esta críptica obra dirigida a las siete iglesias de Asia Menor (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea), las iglesias principales de esa zona en aquella época.

El cristianismo estaba siendo perseguido por el emperador Domiciano, después de Nerón, Calígula y otros. El objetivo de “Revelaciones”, como ya hemos dicho, no era otro que el de dar esperanzas a estas iglesias primitivas, con promesas de un mundo mejor en el que el cristianismo resultaría triunfante.

…Continúa en la PARTE 2…

Joaquín Ferrer

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