El Apocalipsis de San Juan 2/2

(Artículo extraído del libro NEOCRISTIANISMO: La revolución necesaria)

… Continúa desde la PARTE 1

Por otra parte, la obra contiene algunos aspectos anecdóticos dignos de mención. A modo de ejemplo, he aquí tres de ellos:

1.- El famoso número diabólico “666” NO EXISTE.

No existe porque cuando habla de un dragón maligno “que tiene número de hombre”, el número en cuestión está escrito en números romanos, es decir, con letras mayúsculas. Así: DCLXVI. Cuyas siglas significan Domitius Caesar Legatos Xti Violenter Interfecit. Que traducido significa: Domicio César mató vilmente a los enviados de Cristo.

Resultando que “Domicio” era un nombre compartido de Neróny Domiciano antes de ser emperadores. Por lo tanto, con ese número simbólico (escrito en letras) está señalando a ambos emperadores como anticristos.

2.- Es llamativa la frase del Apocalipsis 12:9 “Fue arrojado el Dragón grande, la antigua serpiente, llamada diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra”. Sin embargo, actualmente, al haberse retocado su traducción original y cambiado por “la tierra entera”, el matiz de la redondez ha desaparecido.

Aunque algunos filósofos y matemáticos griegos ya opinaban que la tierra era redonda en aquellos tiempos, casi todo el mundo sostenía la creencia de que la tierra era plana.

3.- Cuando se habla de la salvación de 144.000 personas, esa cifra (12.000 por cada una de las doce tribus de Israel) se considera simbólica para significar una gran muchedumbre universal.

Por otra parte, tenemos que 1+4+4 = 9. Y en numerología, el número 9 se asocia con la finalización de ciclos, el altruismo, la compasión, la espiritualidad y la trascendencia.

En consecuencia, interpretándolo de esa forma podríamos concluir que al final de los tiempos se salvaría toda la humanidad.

Una buena clave para comprender el Apocalipsis es tener en cuenta que, cuando algo se repite tres veces o más (juicios, trompetas, copas, catástrofes…), es porque se está remarcando el mensaje repetido para darle más fuerza de convicción.

A diferencia de los evangelios, en los que los misterios del cielo son contemplados desde la tierra, en el Apocalipsis es la tierra la que es contemplada desde el cielo. Así se puede entender que, el anuncio de los castigos de Dios, es más bien la traducción de la “catástrofe interior” que será para muchos la falta o el desvío de la auténtica fe cuando llegue el final o cambio de sistema.

Las profecías del Apocalipsis anuncian la llegada inexorable de un cambio de mentalidad orientado hacia el amor y la espiritualidad. A nivel individual, esas profecías son intemporales.

Con respecto al Juicio Final, éste no representa propiamente al infierno sino a la destrucción total y permanente de la iniquidad (su desaparición), tras la cual solo queda la verdadera vida, el mundo celestial, lo único real desde la eternidad.

Finalmente, el cielo en el misticismo judío conlleva una tierra prometida celestial -incluyendo Jerusalén-. Cuando la Biblia menciona La Nueva Jerusalén, el santuario celestial, el pan de vida o el trono de Dios, se refiere a la concepción mística judía del cielo. Desde su perspectiva, el mundo celestial tiene también una composición material, si bien ésta es perfecta y sublimada respecto al mundo material imperfecto del plano terrenal.

Asimismo, de acuerdo a la cosmología judía, “los nuevos cielos y la nueva tierra” es una expresión usada en las Escrituras para describir el estado eterno, glorioso y definitivo de la humanidad redimida, donde el cielo viene a la tierra y la vida es restaurada a lo que Dios quiso que fuera desde el principio.

Joaquín Ferrer

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El Apocalipsis de San Juan 1/2

(Artículo extraído del libro NEOCRISTIANISMO: La revolución necesaria)

Cuando el cristianismo era perseguido por algunos emperadores romanos en los primeros tiempos, surgió un tipo de escritos esotéricos llamados apocalipsis, que significa “revelación”. El más famoso y que ha perdurado en el tiempo es el atribuido a San Juan.

El estilo y el lenguaje empleados en ellos estaban intencionadamente llenos de simbolismos y claves de difícil interpretación. La idea era que sólo los pudiera descifrar la gente preparada hacia quienes iban dirigidos sus mensajes ocultos. De esa forma, la “revelación” podía llegar al destinatario saltándose la censura romana. Después, cada receptor del mensaje ya se encargaría de exponerlo más claramente en su comunidad.

El objetivo de esas revelaciones simbólicas, esotéricas y místicas era fortalecer en la fe, animar y consolar a los cristianos en esos tiempos de tribulación, anunciando la destrucción de los enemigos del cristianismo y el triunfo final, cierto y definitivo, de Cristo y su Iglesia.

El Apocalipsis es un manual de perseverancia cristiana y está escrito en forma alegórica. Es decir, una ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente.

La mayoría de nosotros hemos tenido sueños muy extraños en alguna ocasión y no hemos sabido entenderlos. Sin embargo, un experto en interpretación de los sueños podría haber hallado el significado correcto y, seguramente, las cosas raras que hemos visto o nos han pasado en él no se corresponderían con un análisis literal, sino que eran símbolos o metáforas creadas por nuestro inconsciente para “disimular” su significado ante nuestro consciente.

El Apocalipsis es un tipo de escrito propio de una época determinada. Y la mayoría de los exégetas concuerdan en afirmar que lo que se anuncia misteriosamente en él se refiere a una época que ya ha pasado y, por lo tanto, hoy en día resulta anacrónico. Aunque, todo hay que decirlo, también hay quienes, llevados por su fe absoluta en la veracidad de las sagradas escrituras tal como nos han llegado, lo ven de otra manera.

Para ellos, el concepto de “tiempo” en el Apocalipsis no debe entenderse en forma lineal sino “espiritual”. Éste se referiría a la evolución de la conciencia y está relacionado con el “tiempo oportuno” para la salvación: el tiempo adecuado para que los eventos acontezcan y algo importante suceda, especialmente en relación al fin de un ciclo o sistema y el comienzo del siguiente.

Sólo esa lectura mística sería compatible con la afirmación de Jesús, según la cual “el día y la hora no los sabe nadie, ni siquiera los ángeles de los cielos, ni el Hijo mismo, sino solo mi Padre”.

En cualquier caso, este artículo no tiene el objetivo de analizar con demasiada extensión y profundidad el Apocalipsis (eso lo dejamos para otra ocasión), a pesar del atractivo que el documento tiene, ya que se presta a fabulaciones e interpretaciones de todo tipo, puesto que no nos aporta ningún mensaje espiritual reseñable.

No obstante, sí puede ser útil añadir varias consideraciones aclaratorias sobre él.

Su lenguaje apocalíptico es enérgicamente evocativo, incluso provocativo. Las imágenes y los símbolos usados no hay que tomarlos al pie de la letra. Está plagado de claves puestas intencionadamente, para que solo los expertos de la época las supieran interpretar y trasladar a los demás miembros de su comunidad. El breve relato del Apocalipsis se apoya constantemente en citas y profecías de la Biblia. Se han contado 518 citas del Antiguo Testamento, desde El Cantar de los Cantares hasta profetas como Isaías, Ezequiel y Daniel.

En consecuencia, dada la inclusión intencionada y continuada de referencias en clave a pasajes del Antiguo Testamento, es impensable que las visiones o el mensaje que recibió el autor, éste no las haya adornado a la hora de transcribirlas, con el fin, como hemos dicho, de sortear la censura romana, dar fuerza dramática al mensaje encriptado y apoyarlo en las sagradas escrituras judías.

Por ello, hacer una lectura llana, que considere que el Apocalipsis es principalmente un texto escrito en clave, y se centre en descifrar los símbolos de ese gran criptograma, sería un error. El Apocalipsis intenta hablar más al corazón que a la mente. Es más bien un intento de llegar a traducir en términos humanos algo que no puede ser directamente explicado ni comprendido. Por lo tanto, en vez de perderse en los detalles, hay que poner el foco en encontrar la visión panorámica y mística que el autor quería transmitirnos.

ORIGEN

El apóstol Juan, el más joven de los 12 apóstoles, era un viejo a finales del siglo I, cuando escribió este relato.

Estaba desterrado en la Isla de Patmos, “por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Ap 1,9), cuando decide escribir esta críptica obra dirigida a las siete iglesias de Asia Menor (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea), las iglesias principales de esa zona en aquella época.

El cristianismo estaba siendo perseguido por el emperador Domiciano, después de Nerón, Calígula y otros. El objetivo de “Revelaciones”, como ya hemos dicho, no era otro que el de dar esperanzas a estas iglesias primitivas, con promesas de un mundo mejor en el que el cristianismo resultaría triunfante.

…Continúa en la PARTE 2…

Joaquín Ferrer

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Sobre María Magdalena

Artículo basado en el libro NEOCRISTIANISMO: La revolución necesaria.

Resulta evidente que fue alguien muy importante en la vida de Jesús, pero de ella y su parentesco con Él se sabe muy poco. Estuvo siempre al lado de Jesucristo antes, durante y después de la Crucifixión. Está entre las mujeres familiares que estuvieron al pie de la cruz, y también las acompaña cuando van a la tumba a ungir con perfumes el cadáver. Fue además la primera persona en tener el privilegio de verle tras la Resurrección. Y tenía la suficiente confianza como para llamar “Raboni” a Jesús, que es un apelativo cariñoso de Rabí (Maestro).

Los siete demonios

Sin embargo, el evangelista Lucas (fiel transmisor de las convicciones de su maestro Pablo) añade una sombra de sospecha sobre María Magdalena al comentar enigmáticamente que Jesús le había sacado “siete demonios”. Más tarde, en el siglo II, los Padres de la Iglesia deciden añadir de nuevo gratuitamente ese supuesto exorcismo al evangelio de Marcos, cuando originalmente esa mención no existía en él.

Esta noción de María Magdalena que nos transmite Lucas se contrapone con la visión que de ella se da en los demás evangelios. En primer lugar, ella es la única mujer de los evangelios no caracterizada como hermana, madre, hija o esposa de algún hombre; tiene nombre propio, lo cual denota que era una persona influyente en la vida del Maestro y no una simple seguidora.

Por lo tanto, si queremos entender el misterioso significado de esos “siete demonios” hay que indagar un poco más. Así, Tomás, en su temprano evangelio que recoge dichos de Jesús (no canónico pero considerado autentico por gran número de expertos), nos expone como Pedro se queja ante Jesús por la presencia de María Magdalena a nivel de igualdad con los demás apóstoles y Él le responde: “He aquí que le inspiraré a ella para que se convierta en varón, para que ella misma se haga un espíritu viviente semejante a vosotros varones”.

En la cultura judía, a las mujeres les estaba vedado el acceso a la formación religiosa. Sin embargo, la Mishná admite esa posibilidad y Flavio Josefo nos cuenta que los esenios, excepcionalmente y tras un largo periodo de prueba sí lo admitían. Cuando se consideraba que una mujer era digna de recibir las mismas enseñanzas y trato que estaba destinado a los hombres, se finalizaba su preparación realizando un ritual (el rito cabalístico de Isthar) en el que simbólicamente la liberaban de 7 demonios:

– La propia Voluntad, El Ego, La propia Mente, la Sexualidad. La Iluminación, La Magia y La Divinidad.

Así pues, sin descartar de plano que María Magdalena hubiera podido estar muy enferma en algún momento (en aquel tiempo, estar enfermo era sinónimo de estar poseído por el mal), es mucho más verosímil suponer que Lucas, al no ser de origen judío ni estar familiarizado con esa costumbre esotérica, sacó una conclusión equivocada de la información que había obtenido sobre ella, y la propagó.

LA TRADICIÓN ORIENTAL

Si bien los evangelios canónicos no nos aclaran nada acerca de ella, por medio de la tradición de la primitiva iglesia nos ha llegado algo más de información. Por otra parte, después del año mil, reaparece en occidente la figura de María Magdalena, de la que se da una versión muy rocambolesca y poco fiable. En ella, se la confunde con María de Betania y se dice que tuvo descendencia de Jesús.

Según una tradición oriental, apoyada con escritos como los del obispo e historiador occidental Gregorio de Tours (538 – 594), María Magdalena se retiró a Éfeso, en Asia Menor, con María, la madre de Jesús, donde ambas vivieron el resto de sus vidas.

Se cree que María vivió los últimos años de su vida en una pequeña casa de piedra en el monte Bulbul, que más tarde se conocería como la Casa de la Virgen María.

La Iglesia ortodoxa oriental nunca ha identificado a María Magdalena con María de Betania ni con la «mujer pecadora» que unge a Jesús en Lucas 7: 36 (craso error cometido por el papa Gregorio Magno en el siglo VI, propagado desde entonces y rectificado recientemente, aunque sin mucho énfasis). Por el contrario, siempre ha enseñado que María fue una mujer virtuosa toda su vida, incluso antes de su conversión.

La tradición de la Iglesia ortodoxa explica que, después de las manifestaciones de Cristo resucitado, Magdalena se quedó con la madre de Jesús y con los apóstoles y predicó la fe cristiana por primera vez en Jerusalén. Pasado un tiempo, María Magdalena fue a Éfeso con la Virgen María, a casa de Juan, y lo ayudó en sus escritos del Evangelio.

Se cree que María Magdalena pudo predicar también en Roma, como lo da a entender Pablo en su epístola a los romanos: «Saludad a María, que con tanto afán ha trabajado en vuestro favor» (Romanos 16: 6). Probablemente, en relación con este viaje posterior, surgió la leyenda del huevo de Pascua relacionada con su nombre.

Finalmente volvió a Éfeso, permaneciendo allí hasta su muerte natural, y en Éfeso fue sepultada. Las reliquias de María Magdalena fueron transferidas solemnemente de Éfeso a Constantinopla en el siglo IX, bajo el emperador León VI, y colocadas en la iglesia del monasterio de San Lázaro.

La convulsa historia de oriente medio puede explicar que las reliquias de Santa María Magdalena no permanecieran definitivamente en Constantinopla. Por temor a los ataques de los turcos habrían sido trasladadas a occidente -al igual que las reliquias de otros santos- y concretamente a Roma, donde supuestamente descansan desde entonces, cerca de Letrán, en la iglesia de San Juan de Letrán, debajo del altar.

LA POSTERIOR TRADICCIÓN OCCIDENTAL

Con mucha posterioridad, en Europa occidental, después del año 1000, comenzaron a desarrollarse leyendas elaboradas y conflictivas, que decían que María Magdalena había viajado al sur de Francia en una barca, junto con sus hermanos Marta y Lázaro y había muerto allí. Sin embargo ¡María Magdalena y María de Betania son dos personas distintas! De hecho, en la crucifixión están las dos presentes: la madre de Jesús, su hermana (Salomé), María la de Cleofás (María de Betania y tía de Jesús) y María Magdalena.

Alrededor del año 1050, los monjes de la Abadía de la Madeleine, en Vézelay (Borgoña, Francia) dijeron que descubrieron el esqueleto real de María Magdalena. En un primer momento, la existencia del esqueleto fue meramente afirmada pero, en 1265, los monjes hicieron una espectacular demostración pública de «descubrirlo» y, en 1267, los huesos fueron llevados ante el propio rey de Francia, quien los veneraba.

El 9 de diciembre de 1279, una excavación ordenada por Carlos II, rey de Nápoles, en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume, en la Provenza francesa, condujo al descubrimiento de otro supuesto entierro de María Magdalena. El santuario supuestamente se encontró intacto, con una inscripción explicativa que indicaba por qué se habían ocultado las reliquias. Carlos II encargó la construcción de una nueva basílica gótica en el sitio y, a cambio de proporcionar alojamiento a los peregrinos, los residentes de la ciudad estaban exentos de impuestos.

De esa manera, Saint-Maximin-la-Sainte-Baume desplazó gradualmente a Vézelay en popularidad y aceptación según la leyenda occidental… Pero supuestamente sus restos reposan en Roma según la versión oriental.

Joaquín Ferrer

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El cristianismo espiritual 2

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Y los frutos son que a los creyentes bienintencionados, al mismo tiempo que se les habla de obediencia y de que amar es un deber, se les infunde “temor de Dios” y miedo al infierno (vibraciones negativas) mientras que la alta jerarquía, al conocer pero ocultar la manipulación de las sagradas escrituras, se convierten en cómplices y “guías ciegos… porque le niegan a la gente la entrada al reino de los cielos, y ni ustedes entran, ni tampoco dejan entrar a los que quieren hacerlo (Mateo 23)”.

Sin embargo, con el auge de la mentalidad lógico-científica, cada vez hay menos gente dispuesta a obedecer esos dogmas irracionales en los que la mayoría de las religiones se basan, sin cuestionarlos.

El hecho de haber dejado en manos de la religión la autoridad exclusiva en cuestiones metafísicas, nos ha hecho sentir defraudados por los resultados obtenidos, y ha llevado a pensar con desesperanza que no hay soluciones válidas a las preguntas existenciales, ya que la religión no nos proporciona respuestas sólidas y fiables. En ese contexto, se va produciendo un descreimiento y paulatino abandono de las creencias religiosas y, en consecuencia, una creciente sensación de orfandad espiritual, que se intenta llenar inútilmente con la vana vanidad, el materialismo o supersticiones.

Así pues, mientras alguna gente llega a la vehemencia religiosa, en sentido contrario, como reacción a los efectos históricos de ese fanatismo, otra mucha gente siente aversión, indiferencia o tiene prejuicios contra esas creencias. De esa forma la religión se convierte en una fábrica de ateos. Lo lamentable es que, cegados por esa polaridad visceral, unos y otros se alejan de las auténticas enseñanzas del líder espiritual al que adoran o aborrecen. Se alejan hasta llegar a desconocerlas por completo.

Por añadidura, la sociedad actual está poseída por un estresante y superficial estilo de vida, y la tecnología nos incita a demandar todo con inmediatez. De esa manera, el ser humano no encuentra tiempo para la serena introspección, para reflexionar sobre las preguntas existenciales, que son consustanciales a la naturaleza humana, y en cuyas respuestas esperamos encontrar consuelo a nuestras ansias de trascendencia.

A pesar de ello, todo el mundo admira y reconoce las aportaciones que hicieron a la humanidad grandes maestros espirituales (como Buda o Jesucristo), quienes, con su elevada sabiduría y ejemplo de integridad, son una gran fuente de inspiración para aquellas conciencias que aún no se rinden en su búsqueda de una verdad superior a la materialista.

No por capricho, en la cultura occidental contamos los años teniendo como referencia la fecha del nacimiento de Cristo. Es un homenaje a la vital y genuina aportación al mundo de sus enseñanzas, tanto en lo referente a la luz que aportó a la búsqueda espiritual como al desarrollo de un pensamiento conciencial más elevado en el ser humano.

Para superar el bloqueo que la citada mala interpretación religiosa provoca en nuestro progreso espiritual, hemos de atrevernos a indagar en el verdadero sentido de las enseñanzas del gran maestro espiritual de la cultura occidental: Jesús.

Con ese propósito, en el libro NEOCRISTIANISMO (La revolución necesaria) vamos a redescubrir o recordar la singularidad de su mensaje original. Dicho libro pretende ser un viaje transformador, en el que se aclaran conceptos y se desmontan ciertos mitos sobre su figura, a la luz de los hechos históricos demostrables. Especialmente teniendo en cuenta su enigmática advertencia de que “muchas cosas tengo todavía que deciros, pero no podéis entenderlas ahora (Juan 16:12)”.

Después, una vez separado el trigo de la paja, en su ejemplo de vida y sus parábolas descubrimos a un Jesús romántico y cuyo «reino no es de este mundo». Él nos muestra la verdadera naturaleza amorosa del Espíritu y cómo sentir el gozo de dejarse guiar por la conciencia del amor. Nos anima a hacer el bien para expresar así nuestra auténtica naturaleza espiritual, no exactamente esperando una justa recompensa.

En definitiva, como comprenderemos en el citado libro, Jesús vino a ayudarnos a recordar que somos seres de luz para que, cuando lo redescubramos y lo sintamos en nosotros, volvamos a ser seres realizados, equilibrados y con paz interior, por vivir de acuerdo con nuestra verdadera naturaleza espiritual de hermandad y amor.

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Joaquín Ferrer

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El cristianismo espiritual

Artículo basado en el libro NEOCRISTIANISMO: La revolución necesaria.

Actualmente, el cristianismo tradicional está desprestigiado. Sin embargo, me atrevo a decir que si las verdaderas enseñanzas de Jesús triunfaran globalmente, su luz iluminaría las conciencias y mostraría el camino para alcanzar la paz personal, la realización individual y la salvación espiritual.

Él nos dice que la esencia de Dios es el Amor, porque es la vibración más pura y elevada y es autoexistente. Por lo tanto, cuando sentimos y fomentamos en nosotros la emoción del amor, estamos caminando por la senda salvadora que él nos señaló.

Además, una vez que esa verdad espiritual ha sido revelada, para caminar por esa senda no es imprescindible conocer a Jesús o creer en él. Cualquier ser humano tiene la capacidad innata de sentirla y aceptar el reto personal de vivir en coherencia con ese sublime sentimiento. De igual modo, aun creyendo en Jesús y conociendo el camino redentor, no todo el mundo sabe estar siempre a la altura para dar la mejor versión de sí mismo que pueda.

Como apoteosis final, para demostrarnos el poder del espíritu “santo” sobre la materia y que la muerte física no significa la extinción de nuestra alma, Cristo resucita y se deja ver palpablemente ante sus seguidores y seres queridos. “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar al alma”.

Cuando analizamos la evolución de la primitiva iglesia cristiana inspirada en las palabras y obras de Jesús, hasta convertirse en una rígida estructura jerárquica con dogmas irracionales, es fácil deducir que el mensaje de Jesús ha sido intencionadamente tergiversado en algún momento.

“La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la comprendieron (Juan 1:15)”. “Otros han estado con los que se rebelan contra la luz; no quieren conocer sus caminos, ni morar en sus sendas (Job 24:13-17)”. “Padre nuestro… líbranos del Mal”.

Así como existen los planos espirituales celestiales, existe también un nivel de bajo astral en el que habitan seres que, voluntariamente o confundidamente, prefieren seguir orientados hacia esas muy bajas vibraciones. Sería ingenuo pensar que las fuerzas que habitan en ese Reino de la Oscuridad fueran a rendirse porque Jesucristo cumplió su misión terrenal y abrió el camino que conduce de regreso al Hogar Celestial.

Mientras que la inextinguible vibración del Amor se retroalimenta de la emoción del amor, la Oscuridad se alimenta de nuestras bajas vibraciones. En consecuencia, para las fuerzas oscuras es vital mantenernos en las tinieblas. Ya sea en el plano material o en el plano astral, nuestras bajas pasiones y nuestra visceralidad son su alimento.

Por lo tanto, aunque no puedan cerrar el camino de retorno abierto por Jesús, si pueden confundirnos o extraviarnos sutilmente para que nunca lo encontremos o para que, aunque lo encontremos, no tengamos la fuerza anímica suficiente para seguirlo. De hecho, mantenernos atrapados en su telaraña de miedos, apegos y egos se les da muy bien.

¿Cómo empezó a distorsionarse la obra de Jesús?

Como analizamos con detalle en el libro NEOCRISTIANISMO (La revolución necesaria), muchos expertos consideran que el autoproclamado apóstol Pablo distorsionó las enseñanzas de Jesús pues, aunque sus arduos esfuerzos evangelizadores eran meritorios y estaban llenos de buena fe, involuntariamente su interpretación estaba equivocada (él se guiaba por una voz que oía en su cabeza, que le decía que era Jesús y cómo tenía que interpretar su obra y su mensaje; a pesar de que dicha interpretación muchas veces no coincidía con las enseñanzas que recibieron los verdaderos apóstoles). Sin embargo, esa confundida interpretación fue la que finalmente prevaleció.

León Tolstói, por ejemplo, afirma que Pablo contribuyó decisivamente a la “desviación” de la iglesia de la enseñanza y las prácticas de Jesús. Además, posteriormente, los partidarios de Pablo tuvieron una influencia excesiva y decisiva en la revisión y «retoque» de las escrituras originales, incluyendo a ciertos obispos afines y al mismo Papa.

Parece que el temperamento vehemente y carismático de Pablo resultó ideal para ser seducido a creer las cosas que esa engañosa voz interna le decía. Sin embargo, como dijo Jesucristo: “Por sus frutos los conoceréis”.

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