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EL QUID DE LA CUESTIÓN
Con anterioridad a los análisis del equipo STURP, los doctores ingleses Trevor y Margaret Lloyd Davies, en un artículo publicado en el prestigioso Journal of the Royal College of Physicians of London, concluyen que Jesús estaba vivo cuando lo descendieron de la cruz.
También Hans Naber, en 1967, adquirió cierta notoriedad al asegurar en su libro Inquest on Jesús Christ que Cristo no murió en la cruz, porque resulta científicamente imposible que un cadáver sangre de la forma que lo hizo el cuerpo envuelto en la Síndone. Posteriormente, su colega W. B. Pimrose y otros apoyaron su conclusión, de la que empezó a hacerse eco la prensa.
Como esas opiniones carecían de una base suficientemente sólida, dado que no se habían realizado los exhaustivos análisis pertinentes para realizar esa categórica afirmación, la respuesta del Vaticano fue la de desacreditar, personalmente y profesionalmente, a Naber y sus otros colegas.
Sin embargo, con posterioridad, los análisis del equipo STURP, que sí fueron exhaustivos, descubrieron que, ahora sí, existía una base sólida que permitía mantener la afirmación de que el hombre de la Síndone estaba vivo cuando lo pusieron allí.
Resultó que, en la coronilla y los pies, encontraron sangre coagulada, y la explicación, en principio, más lógica para ello era que esa sangre saliera estando la persona viva.
Informado de ello el Vaticano, éste consiguió que esa información no saliera a la luz pública por el momento. A la espera de ulteriores análisis más profundos que pudieran llegar a una conclusión definitiva.
Cundió la alarma en las altas esferas del Vaticano. Las investigaciones no ponían en duda la autenticidad de la Síndone; era algo peor, decían que Cristo no murió en la cruz y, por tanto, no hubo Resurrección. Y para la Iglesia, en palabras de San Pablo, “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación y vana es también vuestra fe”.

A la luz de los acontecimientos, siendo el mal menor que la Sábana Santa no fuera auténtica, el Vaticano, para neutralizar las consecuencias de que la hipótesis científica se convirtiera en evidencia, decidió propiciar un examen de autenticidad de la Síndone mediante la prueba del carbono 14. Prueba inventada recientemente en aquel momento, pero que ya gozaba de popularidad a pesar de que aún no estaba perfeccionada su metodología.
Para ello, en 1988, el Vaticano dio pequeñas muestras de la tela a tres centros independientes y de alto nivel tecnológico: las universidades de Oxford, Tucson y el Politécnico de Zúrich. Esas pequeñas muestras, aparentemente, se tomaron de una esquina de la sábana, el lugar más contaminado por ser de donde usualmente se ha sostenido por numerosas manos a través de los siglos.
El resultado fue que la antigüedad de la tela se situó entre 1290 y el 1390. La noticia se expandió como la pólvora y causó conmoción internacional en el mundo occidental.
Lógicamente, y extrañamente para el resto de los cristianos, el Vaticano aceptó inmediatamente y deportivamente el resultado de los análisis y pasó página sobre el tema: La Sábana Santa había resultado no ser auténtica pero nunca se había afirmado que fuera dogma de fe.

Sin embargo, un año más tarde, la prestigiosa revista científica Nature publicó los datos oficiales exhaustivos. A la vista de los cuales, diversos científicos advertían de que el porcentaje de fiabilidad de la prueba era de solo un 5 por ciento.
El doctor Hary Gove, descubridor de la técnica del carbono 14, confirmó que los análisis no se habían hecho con las precauciones adecuadas. Especialmente, no se habían lavado bien las muestras para eliminar las bacterias adheridas a ellas. Las bacterias también tienen carbono 14, y la suma del de la tela y el de las bacterias da necesariamente un resultado inexacto. El doctor Garza-Valdés descubrió la existencia de una fina película de bacterias que cubre todo el lienzo, una “cubierta bioplástica” producida por bacterias y líquenes y resistente a los procedimientos de limpieza que usaron los laboratorios, y que distorsiona los resultados.
Por otra parte, el incendio que sufrió la urna que contenía la sábana generó temperaturas altísimas, he hizo que los adornos de plata que contenía se derritieran y dañaran gravemente la tela. Estas condiciones son suficientes para provocar cambios químicos en la propia composición de la tela (carboxilación).

Otra teoría, de difícil demostración, es que el fenómeno que formó la imagen era radiactivo y esa radiación alteró la cantidad de carbono 14 de la muestra.
Más tarde, el conocido científico Raymond N. Rogers, que había analizado la Síndone con el equipo STURP en 1978, concluyó y publicó en la revista científica Thermochimica Acta en el año 2005: “la muestra radiocarbónica (la muestra analizada) tiene propiedades químicas completamente diferentes que el cuerpo principal de la Síndone”. Rogers encontró que había fibras de algodón entrelazadas con el lino que, según él, no se encontraban en el resto del sudario, de lino puro.
La tesis de Rogers ha sido también corroborada por el experto en microscopía John L. Brown. Y opinan lo mismo Alan y Mary Whanger, otros expertos investigadores de la Síndone.
Ya en 1991, la profesora Emanuela Marinelli postuló que la muestra cortada de la Síndone habría sido tomada de los remiendos hechos a los agujeros resultantes del incendio de 1532. De ser así, la datación de la Síndone con el Carbono 14 sería nula.
Ante la gravedad de esas sospechas, y con el fin de aclararlas, Roger y otros científicos pidieron permiso al Vaticano para volver a realizar la prueba del carbono 14. Pero la Iglesia, que no es muy dada a cambiar de opinión, no ha aceptado estas propuestas revisionistas.
En los años siguientes, la sangre sobre la Sábana Santa siguió estudiándose por numerosos investigadores europeos y estadounidenses, basándose en la muestras obtenidas por el equipo STURP.
Las conclusiones fueron que era sangre humana de un sujeto de sexo masculino. El grupo sanguíneo era AB+, grupo poco usual, ya que sólo un 4% de la población mundial lo tiene, pero más común entre los hebreos, cuyo porcentaje se duplica.
Por otro lado, ese grupo AB+ que contiene ADN masculino, coincide con el del Sudario de Oviedo, según el estudio que realizó el hematólogo italiano Carlo Goldoni.
En esos nuevos análisis se pudo establecer que las áreas claras de las manchas de la Síndone están compuestas por suero de sangre, lo que confirma que se trata de la sangre de un cadáver.
Los especialistas han podido comprobar también, en las huellas de sangre de la coronilla y los pies, que existe una mezcla de sangre vital y de sangre cadavérica. Todo ello prueba que sobre la Síndone hay manchas de sangre que vertió el sujeto cuando estaba vivo, y otras en un segundo momento cuando el mismo sujeto era ya cadáver.
La deducción más verosímil del extraño motivo por el que esos coágulos no se habían evaporado sino mantenido, sería que ambos coágulos se habrían quedado pegados, uno con el cabello enmarañado y mojado, y el otro con la tierra de los pies. De manera que se habían fundido con el pelo y la tierra de los pies respectivamente.

Paradójicamente, la presumible intervención de la alta jerarquía eclesiástica sobre los resultados obtenidos por los investigadores en un momento dado, fruto del temor a que pudiera probarse que Jesucristo no había resucitado, al final había resultado innecesaria porque esos temores eran infundados. Pero sí demuestran el talante poco honesto de esa élite.
Joaquín Ferrer



