Y los frutos son que a los creyentes bienintencionados, al mismo tiempo que se les habla de obediencia y de que amar es un deber, se les infunde “temor de Dios” y miedo al infierno (vibraciones negativas) mientras que la alta jerarquía, al conocer pero ocultar la manipulación de las sagradas escrituras, se convierten en cómplices y “guías ciegos… porque le niegan a la gente la entrada al reino de los cielos, y ni ustedes entran, ni tampoco dejan entrar a los que quieren hacerlo (Mateo 23)”.
Sin embargo, con el auge de la mentalidad lógico-científica, cada vez hay menos gente dispuesta a obedecer esos dogmas irracionales en los que la mayoría de las religiones se basan, sin cuestionarlos.
El hecho de haber dejado en manos de la religión la autoridad exclusiva en cuestiones metafísicas, nos ha hecho sentir defraudados por los resultados obtenidos, y ha llevado a pensar con desesperanza que no hay soluciones válidas a las preguntas existenciales, ya que la religión no nos proporciona respuestas sólidas y fiables. En ese contexto, se va produciendo un descreimiento y paulatino abandono de las creencias religiosas y, en consecuencia, una creciente sensación de orfandad espiritual, que se intenta llenar inútilmente con la vana vanidad, el materialismo o supersticiones.
Así pues, mientras alguna gente llega a la vehemencia religiosa, en sentido contrario, como reacción a los efectos históricos de ese fanatismo, otra mucha gente siente aversión, indiferencia o tiene prejuicios contra esas creencias. De esa forma la religión se convierte en una fábrica de ateos. Lo lamentable es que, cegados por esa polaridad visceral, unos y otros se alejan de las auténticas enseñanzas del líder espiritual al que adoran o aborrecen. Se alejan hasta llegar a desconocerlas por completo.
Por añadidura, la sociedad actual está poseída por un estresante y superficial estilo de vida, y la tecnología nos incita a demandar todo con inmediatez. De esa manera, el ser humano no encuentra tiempo para la serena introspección, para reflexionar sobre las preguntas existenciales, que son consustanciales a la naturaleza humana, y en cuyas respuestas esperamos encontrar consuelo a nuestras ansias de trascendencia.
A pesar de ello, todo el mundo admira y reconoce las aportaciones que hicieron a la humanidad grandes maestros espirituales (como Buda o Jesucristo), quienes, con su elevada sabiduría y ejemplo de integridad, son una gran fuente de inspiración para aquellas conciencias que aún no se rinden en su búsqueda de una verdad superior a la materialista.
No por capricho, en la cultura occidental contamos los años teniendo como referencia la fecha del nacimiento de Cristo. Es un homenaje a la vital y genuina aportación al mundo de sus enseñanzas, tanto en lo referente a la luz que aportó a la búsqueda espiritual como al desarrollo de un pensamiento conciencial más elevado en el ser humano.
Para superar el bloqueo que la citada mala interpretación religiosa provoca en nuestro progreso espiritual, hemos de atrevernos a indagar en el verdadero sentido de las enseñanzas del gran maestro espiritual de la cultura occidental: Jesús.
Con ese propósito, en el libro NEOCRISTIANISMO (La revolución necesaria) vamos a redescubrir o recordar la singularidad de su mensaje original. Dicho libro pretende ser un viaje transformador, en el que se aclaran conceptos y se desmontan ciertos mitos sobre su figura, a la luz de los hechos históricos demostrables. Especialmente teniendo en cuenta su enigmática advertencia de que “muchas cosas tengo todavía que deciros, pero no podéis entenderlas ahora (Juan 16:12)”.
Después, una vez separado el trigo de la paja, en su ejemplo de vida y sus parábolas descubrimos a un Jesús romántico y cuyo «reino no es de este mundo». Él nos muestra la verdadera naturaleza amorosa del Espíritu y cómo sentir el gozo de dejarse guiar por la conciencia del amor. Nos anima a hacer el bien para expresar así nuestra auténtica naturaleza espiritual, no exactamente esperando una justa recompensa.
En definitiva, como comprenderemos en el citado libro, Jesús vino a ayudarnos a recordar que somos seres de luz para que, cuando lo redescubramos y lo sintamos en nosotros, volvamos a ser seres realizados, equilibrados y con paz interior, por vivir de acuerdo con nuestra verdadera naturaleza espiritual de hermandad y amor.
Joaquín Ferrer
