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HIPÓTESIS METAFÍSICA SOBRE LA RESURRECCIÓN
Biológicamente, es imposible que un ser humano fallecido resucite. Ahora bien, si nos guiamos por las enseñanzas que el apóstol Tomas dejó en la India, tenemos que Jesús era un ser humano como nosotros pero, para cumplir su trascendental misión, la divinidad le ayudaba poseyendo a su persona en las ocasiones en que era pertinente; lo cual le dotaba de dones extraordinarios eventualmente y, lógicamente y como consecuencia, también con un nivel vibratorio excepcionalmente elevado.
Todo indica que Jesús, una vez apresado, sufre los padecimientos que le llevan a su crucifixión y muerte sin ayuda divina. Y con su muerte se culmina con éxito su misión sobrenatural: un ser humano ha despertado al conocimiento de la naturaleza espiritual y ha sido fiel a ella con una determinación y fe inquebrantables. Y el hecho de culminar con éxito su sagrada tarea, permite que las puertas de la salvación queden abiertas para todo aquel que quiera seguir el camino que él nos ha descubierto.
Como merecida recompensa y colofón al leal cumplimiento de su cometido divino, Dios cumple la promesa dada al comienzo de su insólita misión –y profetizada en el Salmo de David: «no dejarás que tu santo vea corrupción»- y le insufla de nuevo vida.

¿Cómo?
Hoy en día, gracias a la ciencia sabemos que la Energía es lo que crea y sustenta la materia. Y también presuponemos que hay una Inteligencia superior que crea y dirige esa energía con el poder de su intención y voluntad. Por lo tanto, hipotéticamente, es posible devolver a un cuerpo su energía vital si dicha Inteligencia decide hacerlo.
En palabras de Max Planck (Premio Nobel de Física): “A raíz de mis exploraciones en el campo atómico, declaro lo siguiente: No existe la materia en sí”.
“Toda materia nace y permanece únicamente en virtud de una Fuerza que pone en vibración las partículas intraatómicas y las mantiene vinculadas… debemos admitir detrás de la Fuerza mencionada la presencia de un Espíritu consciente inteligente, o sea que EL FUNDAMENTO ESENCIAL DE LA MATERIA ES DICHO ESPIRITU».
“Ya que según vimos la Materia no existe sin este Espíritu, lo real, cierto y efectivo no es la Materia visible y transitoria, sino el Espíritu invisible e inmortal”.
De acuerdo con la metafísica
el ser humano está compuesto de cuerpo físico, cuerpo astral (el molde energético del cuerpo físico) y alma; siendo el alma un vehículo que transita por múltiples egos y los trasciende, en su evolución para asemejarse lo más posible al Espíritu Santo original e inmutable del que es una proyección.
Pues bien, tras el fallecimiento, el cuerpo físico entra en una dinámica de putrefacción y se va descomponiendo. Por su parte, se considera que el cuerpo etérico se disuelve en no más de 72 horas. De tal manera que el alma, ya sin la envoltura físico-etérica, entra en una fase de tránsito o estado intermedio entre el mundo que acaba de abandonar y el plano de luz. Así permanece un tiempo indefinido, mientras aún no se haya liberado de los apegos emocionales y mentales correspondientes a su encarnación.
Sin embargo, el caso de Jesucristo es completamente diferente y, por lo tanto, todo el proceso que hemos mencionado, también.
Dadas sus cualidades espirituales y la pureza con la que vivió, Jesús se hizo digno de ser poseído por el Cristo “unigénito” celestial tras su bautismo en el río Jordán. Y puesto que su cuerpo fallecido estaba impregnado de esa energía crística y su excepcionalmente elevada vibración, no entró en la dinámica de la putrefacción sino que experimentó un fenómeno energético de desintegración, que dejo una marca radioactiva en el lienzo que lo envolvía.
Su cuerpo etérico, enteramente permeado por la fuerza crística, no sólo no se diluyó sino que se transformó en el “cuerpo de resurrección” que, a voluntad, Cristo podía utilizarlo para densificarlo más o menos y manifestarse físicamente durante el tiempo en que aún estuvo entre nosotros.
“A la par que la dimensión espiritual de Cristo retornó a los Cielos, su cuerpo etérico transformado y expandido se hizo uno con el cuerpo etérico de la Tierra, que quedó así impregnada de lo crístico para siempre” (Emilio Carrillo. La sabiduría y el significado profundo de las enseñanzas de Jesús de Nazaret). De esa manera, como su energía salvadora permanece en el campo astral de la Madre Tierra, cualquiera que lo desee puede emocionalmente orientarse hacia ella, invocarla o utilizarla como inspiración.
Quizás por ello, mientras Jesús le dice en la cruz al buen ladrón que esa noche estará con él en el paraíso -es decir, que su alma rescatada volverá al reino de la luz en el que el espíritu de Cristo siempre ha estado-, cuando se aparece a María Magdalena le dice que “aún no he subido a mi Padre”, porque ella y los apóstoles lo que están viendo es el cuerpo etérico de Jesús densificado.
La Transfiguración
Abundando en esta hipótesis, es de destacar que los evangelios relatan cómo, un tiempo antes de que Jesús fuera apresado, Jesús se transfiguró y de su cuerpo emanó una luz tan potente que cejó por unos instantes a los apóstoles que estaban con él. Y también, poco después, cuando a Jesús le avisan de que su amigo Lázaro está muy enfermo y le piden que vaya a curarlo, él prefiere esperar tranquilamente a que muera para ir a resucitarlo cuando ya lleva cuatro días fallecido.
Da la impresión de que Jesús está comprobando el alcance de sus poderes energéticos como Jesucristo, antes del trascendental desenlace que le espera.
Joaquín Ferrer



















