El buscador espiritual

El ser humano debe tener un defecto estructural en su naturaleza, dado que es un “animal racional” pero esa mente racional no le sirve para saber ser feliz, o al menos para tener paz interior y estar en armonía con la vida.

En nosotros se da la paradoja de que tenemos suficiente raciocinio como para poder hacernos preguntas existenciales, pero generalmente no sabemos encontrar respuestas satisfactorias a esas preguntas. Y es un hecho que, a la mayoría de los individuos, la ausencia de respuestas válidas en ese aspecto les desequilibra porque les deja desamparados (no es lo mismo querer tener fe que tener fe) y, en consecuencia, confundidos y atemorizados.

Antes de profundizar en el análisis de ese defecto estructural, hay un curioso dato que es digno de mencionar: un pequeño porcentaje del ADN humano no es propio de la biología humana; es decir, es un añadido extraño a su naturaleza. ¿De dónde ha surgido ese “ADN artificial”? No lo sabemos y, a día de hoy, solo podemos hacer estériles conjeturas. Lo que parece claro es que ese ADN añadido no nos aporta nada bueno, desde el punto de vista de la inteligencia emocional.

Inteligencia emocional

Si una persona no sabe utilizar sus pensamientos y emociones de forma que le sean de utilidad para lograr un bienestar compatible con su paz interior; si, en vez de ello, se deja dominar por el incesante parloteo de la mente y las emociones viscerales e irracionales, ¿realmente se puede considerar inteligente?

Los animales se rigen por sus instintos, cada uno según su especie. A ninguno se le ocurre cuestionarlos ni se plantea desobedecerlos. Y en esa incapacidad para desobedecer esos instintos radica su equilibrio y armonía con la naturaleza.

Pero el ser humano sí tiene la capacidad de cuestionarse la vida, su papel en ella y sus acciones. De tal manera que puede elegir contravenir sus instintos, e incluso modificar el funcionamiento del medio ambiente si considera que le conviene.

Como consecuencia de esa capacidad mental de preguntarse constantemente “¿qué pasaría si hiciera esto o lo otro?”, sumado a la aparente incapacidad para responderse a las cuestiones existenciales que le angustian (lo admita conscientemente o no), el ser humano, a pesar de su inteligencia, sufre porque no logra entender cómo funciona la vida ni cómo desenvolverse en ella para vivir de forma mentalmente saludable. En lugar de ello, y a causa de su tormento interior, ha creado un mundo enfermizo: peligrosamente contaminado y psicológicamente estresante y malsano.

La vida del ser humano se ha convertido en una lucha incesante para refugiarse o huir de las cosas que teme: en primer lugar la muerte, si esta significa la extinción de la identidad que se ha forjado con su particular personalidad, pero también del clima adverso o de determinadas creencias socioculturales e imposiciones económicas que llevan a la mayoría de los individuos a vivir pobremente, mientras una minoría nada en la abundancia.

Es comprensible que el ser humano, a pesar de saber y poder llegar a sentir lo que el amor hacia los demás significa, en la lucha por su supervivencia e identidad se comporte egoístamente, en mayor o menor grado. No obstante, este mundo ofrece suficientes recursos como para que los ricos, una vez saciadas sus necesidades y lujos, pudieran repartir sus migajas con el resto de los habitantes para que estos logren subsistir dignamente, pero no ocurre así.

La élite

Por alguna razón, la élite que gobierna el mundo está insensibilizada frente a la empatía hacia sus semejantes (sin duda porque no los consideran sus semejantes). Y llegados a este punto, conviene aclarar que la élite que gobierna el mundo no son los ricos ni los gobernantes. Son aquellos a quienes ricos y gobernantes se someten, porque les deben favores o porque son incapaces de ir contra ellos. Por ejemplo, organismos como La Reserva Federal Estadounidense o la OMS, a quienes los gobiernos y la prensa obedecen, son privados y no democráticos, y tienen unos dueños que hacen seguir a la humanidad una agenda que ellos mismos han elaborado. Agenda que, disfrazada de altruismo, tiene una parte oculta que se desarrolla mediante la estructura piramidal que tan hábilmente han generado, porque sus intereses van más allá de un mayor enriquecimiento que no necesitan.

Dicho metafóricamente, los seres humanos somos un gallinero que tiene como cuidador al zorro. Y sabemos que el zorro no quiere liberar a las gallinas o mejorar su calidad de vida sino alimentarse de ellas. Si sabemos eso, aunque no podamos evitar que el zorro cuide el gallinero, no nos fiaremos de él y procuraremos evitarlo. Pero si nuestro grado de ignorancia es tan grande que no nos damos cuenta de que quien nos manda es el zorro, confiaremos ingenuamente en él y aceptaremos sus propuestas, con nefastas consecuencias para nosotros antes o después.

La cuestión es ¿cómo hemos llegado colectivamente a tal grado de ignorancia que, a pesar de las evidencias de la desastrosa situación mundial, aún no podemos aceptar que quien nos gobierna es un zorro?

Y la respuesta es muy sencilla: a lo largo de la historia, paulatinamente, el ser humano ha cedido su capacidad de reflexionar y analizar objetivamente los hechos (su capacidad de pensar, en definitiva) a aquellos que han logrado que se los considere como “figuras de autoridad”. Jefes políticos o religiosos (o políticos y religiosos a la vez), en primer lugar; pero también posteriormente a aquellos que el poder ha calificado de consejeros o “expertos” -con titulaciones avaladas por el sistema establecido-, sin importar si esos denominados expertos tienen conflictos de intereses con el poder que representan, a la hora de emitir los dictámenes ¿imparciales? por los que todo el mundo se va a regir después.

Ética y moral

Existen ciertos comportamientos que son comúnmente aceptados como correctos o incorrectos, desde el punto de vista ético universal. Por otra parte, además, en cada sistema sociocultural se han establecido una serie de creencias y conductas morales que son consideradas adecuadas o inadecuadas. Esas conductas y creencias establecidas, curiosamente, tienen la particularidad de que pueden evolucionar o involucionar con el tiempo y dependiendo de quién gobierne en cada momento.

Una vez que un sistema de creencias y valores triunfa (pensemos en el nazismo, el comunismo, el cristianismo o el islamismo, etc.), tiende a perpetuarse porque la gente que está convencida trasmite o impone ese convencimiento, desde su ámbito de influencia, a los demás (a veces con demasiada vehemencia). Y no hay mejor adoctrinador que una persona adoctrinada que no sabe que está adoctrinada, porque es sincero en su creencia equivocada.

Las personas, una vez así educadas/adoctrinadas, tienen una fuerte tendencia a creer y copiar aquello que oyen y ven hacer desde las esferas que ellas consideran válidas y competentes: Familia, escuela y aquellas figuras que hablen en nombre de la ciencia o la religión (pero que no son ni LA CIENCIA ni DIOS), las ideologías o el arte y los “influencers”, según sea el caso. Por consiguiente, mayoritariamente la gente acepta e integra esas creencias y conductas ya que las asumen como propias y, puesto que es su único marco de referencia desde la infancia, a casi nadie se le ocurre cuestionar la veracidad de ellas.

Para comprobar si determinado sistema de valores es verdadero, sería lógico preguntarse ¿Estamos mejor que antes? ¿Funciona? ¿Trae paz? ¿Trae bienestar? ¿Los gobernantes actúan en coherencia con lo que predican? ¿Hay justicia social?

Si la mayoría de las respuestas a estas preguntas son negativas, entonces, claramente podemos deducir que el sistema no funciona (¿te gusta el mundo que ves?) y, por consiguiente, es hora de buscar alternativas.

Pero la gente está tan dormida que ni siquiera se le ocurre hacerse esas preguntas tan simples, básicas y de sentido común. En esas condiciones, podemos pensar que buscar alternativas es una tarea ardua y estéril. Y tal vez sea así a nivel global, pero a nivel individual, tú si puedes y debes, ahora que lo entiendes, plantearte convertirte en buscador de un modo de vida alternativo y mejor al fracaso social que rige actualmente.

En realidad, la vida debe ser más que una lucha por la supervivencia a cualquier precio. Mientras vivimos, la vida continuamente nos plantea retos que aparentemente no hemos elegido pero a los que hemos de responder. Aceptarlos y atreverse a enfrentar nuestros particulares desafíos nos hace sentirnos más vivos y produce verdadera autoestima (porque no depende de los demás). Por el contrario, rendirse sin luchar ante una vida que no entendemos y que no nos gusta solo nos genera autodecepción (y sus nefastas consecuencias).

Buscar para encontrar

Todo aquel que se atreve a buscar respuestas que expliquen el porqué de la existencia de un mundo tan deliberadamente caótico, y aporten soluciones alternativas (aunque sea individuales) frente a la existencia de este mundo inhóspito, es un luchador. Y el que busca acaba encontrando lo que busca, siempre y cuando sepa dónde y cómo buscar. Por el contrario, quien no busca -o no sabe buscar correctamente- no encuentra o, peor aún, le son dadas unas creencias manipuladas interesadamente y que nunca son para favorecerle.

Pero elegir convertirse en buscador requiere voluntad, esfuerzo y fuerza mental para sobreponerse a la duda de la incertidumbre por el resultado en los momentos de debilidad. Por ello, para evitar ese esfuerzo y esa incertidumbre, la inmensa mayoría de la gente prefiere que otros piensen por ellos. De esa forma, su elección (que ellos consideran libre) se reduce a elegir entre uno de los varios esquemas de creencias prefabricadas que se le ofrecen. “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:14)

Además del reto de buscar respuestas y soluciones alternativas, existe también el reto de, en medio de tantos impedimentos (traumas infantiles, represiones, manipulaciones, limitaciones, etc.), saber escuchar a nuestra verdadera naturaleza y ser coherente con ella.

Si miramos en nuestro interior, en vez de estar todo el tiempo comparándonos con los estímulos que vienen del mundo exterior (¿Qué dirán? ¿Qué pasará? ¿Es una amenaza?, etc.), podremos observar que nuestra verdadera naturaleza proviene de una fuente superior a la de los fieles animales. Esa parte “racional” está íntimamente ligada a una naturaleza divina. Una naturaleza que nos da, además de libre albedrío, capacidades emocionales únicas como la empatía, la ternura, el altruismo, apreciar la armonía, la honradez y la belleza, etc.

Los retos

Por lo tanto, a pesar de que no encontremos aún las respuestas que buscamos, tenemos ante nosotros el desafío de ser fieles a esa naturaleza espiritual que, cuando sabemos aislarnos del ruido exterior, percibimos su existencia y su realidad. Al tiempo que sentimos que, solo cuando nos dejamos guiar por esa naturaleza superior, nos sentimos equilibrados e íntimamente satisfechos.

En resumen, la vida es siempre un reto y nuestra misión es afrontar el reto o los retos que nos han tocado y, a pesar de esas circunstancias negativas, saber dar al mundo la mejor versión de la que seamos capaces según sea nuestro temperamento (iluminar la parte que nos corresponde para ser luz en la oscuridad en vez de dejarnos vencer por ella).

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Coherencia y Poder Mental 2

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Podemos lograr crear lo que queremos

convenciendo previamente a nuestro inconsciente de ello, pero para llegar a ese punto necesitamos hacer procesos y progresos, no basta solo la palabra, ya que ésta ha perdido mucha fuerza a causa de su mal uso. Necesitamos reaprender a vivir en coherencia. Hacer que lo que pensamos, decimos y sentimos vayan en la misma dirección. Y para ello se requiere un periodo de rehabilitación de nuestra credibilidad interna. Una cuarentena exitosa de coherencia.

Por lo tanto, CREDITO es la capacidad de conseguir que nuestra palabra se materialice.

Ahora bien, hay dos tipos de palabra: palabra relación y palabra creadora.

La palabra relación es la que empleamos más bien en tono de juego, sin darle importancia ni significado a las palabras: convenciones sociales, mentiras piadosas sin trascendencia, etc.

La palabra creadora, sin embargo, es la que utilizamos poniendo fuerza e intención en lo que decimos, son palabras que tienen peso porque nos comprometemos con lo que decimos. Ese tipo de palabra, en condiciones ideales cuando se pronuncia tiene poder creador, pero si no la cumplimos defraudamos a nuestro inconsciente y restaurar esa confianza perdida no es tarea fácil de realizar.

En esa línea, conviene saber y distinguir entre la energía constructiva y la energía destructiva.

Existe La Energía Constructiva de vida

energía para construir, energía sutil, afín a nosotros, es energía que da valor a las cosas, es la energía en la que vibro cuando soy gentil con las personas, es energía que lo que toca lo transforma en valor, lo eleva, le da vida; podríamos decir que es energía positiva.

La Energía Destructiva, por el contrario es energía densa, energía de muerte, nos envejece y mata, es energía de dolor y sufrimiento, no afín para la creación, es la energía en la que vibramos cuando sentimos rechazo hacia las personas o experiencias; podríamos decir que es energía negativa.

Toda la información que tenemos del pasado que no ha sido resuelta, los patrones que se repiten, que no hemos resuelto, a nivel energético es Energía Destructiva.

Por lo tanto, el BIEN (encontrarme con mi palabra) genera Energía Constructiva, y el MAL (no encontrarme con mi palabra) genera Energía Destructiva.

Cuando hago algo que no quiero hacer o que no lo he decidido yo y me aleja de cumplir lo dicho por mí, estoy generando Energía Destructiva.

Por el contrario, cuando hago algo que yo decidí hacer, me siento bien: Energía Constructiva.

El sufrimiento por tanto, se da cuando lo que encontramos no es nuestra decisión, porque encontrarse fuera de nuestra elección genera Energía Destructiva.

Uso correcto de la Palabra Creadora

Una vez que ya sabemos y podemos utilizar correctamente la palabra creadora, cuando reconoces los conflictos debes hablar con ellos, reconocerlos. Hablas con el conflicto, lo traes al presente y tomas conciencia, diciéndole que lo reconoces, que lo perdonas, que te perdonas, que queda perdonado.

Te miras al espejo e insistes hasta que sientes que esos conflictos los has dejado en el pasado. Y te comprometes ante ti mismo (ante tu inconsciente) en aquello que consideres adecuado para tu equilibrio y sanación.

Si ya tienes el control de la palabra sanadora, seguramente no hará falta realizar ningún ritual o acto psicomágico para confirmar ante ti mismo tu liberación, no obstante no hay inconveniente para realizarlos también si se prefiere. Seguramente, acabarás dándote cuenta de que esos conflictos han tenido un sentido profundo: te han hecho mover desde una situación enfermiza (y posiblemente repetitiva) que atasca tu evolución -y no has elegido libremente-, hasta una situación nueva en la que has recuperado la capacidad de decidir qué existencia quieres para ti.

Además de la coherencia interna

hay más aspectos a considerar para dotar de poder a las palabras que empleamos. Como muestra, podemos ver que a la hora de buscar un objetivo en nuestra vida y “decretar” algo con nuestra intención, es importante darse cuenta de que es mejor hacerlo motivados por la satisfacción personal o la vocación que desde la necesidad. Por ejemplo, es fácil darse cuenta de que si buscamos dinero desde la necesidad y no por el placer que brinda, siempre estaremos necesitando dinero y, por lo tanto, seguirá siendo una necesidad.

Por otra parte, es necesario ponerle un origen a la enfermedad, encontrarlo, ya que sin ponerle origen, no hay fin, y puede convertirse en experiencia circular, repitiéndose de nuevo.

Si no se sabe el origen, hay un truco: LO ELIJO, se lo doy yo guiándome por mi intuición, y esto me permitirá hacer el recorrido para llegar al fin: → Origen → reconocimiento → función → fin.

Elijo el origen -reconozco esa experiencia en mi vida (aceptación)- le encuentro una función de evolución, y le pongo un fin, quizás ritualizándolo con una ofrenda al Universo.

Finalmente, hay que darse cuenta de que cuando tú no construyes tu propósito, lo construye el colectivo o lo construye tu ego (miedos, creencias, pensamientos negativos). Cuando comprendes y sientes que tu esencia está unida a la Autoexistente Fuente de la Vida, entonces notas que tienes PODER cuando sabes conectar en esa Fuente; y esa toma de conciencia te permite elegir mejor: transformar cualquier odio en amor, transformar dolor en aprendizaje…

Coherencia y Poder Mental 1

En el campo terapéutico de la biodescodificación

hay un aspecto vital que casi nunca se menciona y, si se hace, desde luego no se hace con la suficiente claridad y profundidad. Se trata de cómo conseguir convencer a nuestro inconsciente para que se manifiesten en nuestra vida los cambios que queremos realizar en nuestra relación con el entorno.

La mayoría de los artículos y vídeos que hablan sobre biodescodificación (o psicodescodificación u otros nombres), explican hasta cierto punto cuál es la metodología para encontrar la emoción oculta original causante de una enfermedad y, a partir de la toma de conciencia de esa emoción que estaba oculta (y ya no lo está), el sujeto es libre de afrontar ese conocimiento revelador de la forma que quiera, si bien es cierto que el terapeuta descodificador puede orientar al consultante y darle pautas positivas y sanadoras específicas para cada caso.

Con ese fin, la Programación Neurolingüística dispone de técnicas y protocolos adecuados, mediante los cuales se procura que el inconsciente crea en los mensajes que nuestro yo consciente le manda. Igualmente, se puede optar por hacer rituales psicomágicos con la misma intención. Sin embargo, no siempre se logra el objetivo deseado, no siempre se consigue que la mente inconsciente crea a la mente consciente, a pesar de los esfuerzos de ésta en ese sentido ¿Por qué? Esa es la cuestión. Ese es el tema del que quiero tratar en este extenso artículo.

Cómo convencer a nuestro inconsciente

Pero antes de profundizar en esa cuestión, considero adecuado hacer un preámbulo aclaratorio de ciertas cuestiones relacionadas con el tema.

Si pensamos que las enfermedades ocurren por azar, estaremos en consonancia con el paradigma imperante en la sociedad, y que sin embargo ¡está equivocado! Ese paradigma surge de contestarse a las preguntas “¿dónde estoy?” y “¿qué es lo mejor que puedo hacer con lo que veo y conozco?” Pero hay otras preguntas más profundas y potentes que podemos hacernos: “¿de qué soy parte?” “¿qué hay más grande que yo y la humanidad?”, etc. La respuesta a esas preguntas nos lleva a conclusiones diferentes a las del paradigma de que las cosas ocurren por azar. La ciencia “con mayúsculas” y la sabiduría metafísica ancestral coinciden actualmente en que la Energía existe previamente a la materia, le da forma a ésta y, a su vez, tuvo que ser creada por una Inteligencia Suprema con una Intención. Y si hay una intención, las cosas no suceden al azar sino por una razón que, aunque no la conozcamos, sabemos que la hay.

Las implicaciones de ese cambio de paradigma, de ese nuevo entendimiento, son grandes. Como el “efecto mariposa”, un cambio de perspectiva en el nivel superior afecta a las conclusiones de todos los niveles inferiores. Por ejemplo, cuanto más se crea en que las enfermedades son fruto del azar, más posibilidades tendremos de contagiarnos por un patógeno (porque seremos muy susceptibles a  cualquier información alarmista y quizás interesada en ese sentido) y más fuertes serán sus síntomas. Por el contrario, cuando sabemos que así no es cómo funciona el diseño de la naturaleza, ya no somos susceptibles ante esas informaciones y opiniones y dejamos de ceder el poder al criterio de los expertos en el paradigma imperante pero inexacto (como la ciencia de Newton frente a los descubrimientos de Einstein).

Retomando el tema del artículo

Es fácil entender que nuestro inconsciente no acepta nuestras afirmaciones porque no nos cree. Si no tenemos credibilidad ante él (ante nuestro yo profundo que no puede ser engañado), todo lo que digamos será palabrería inútil que no lo motivará a actuar.

El inconsciente contiene un poder creador tremendo: un poder mental enraizado con el poder mental de la creación y sincronizado con las leyes del universo y el inconsciente colectivo. En ese sentido, Jesucristo afirma que “todo lo que pidáis en oración, creed que ya lo habéis recibido y lo recibiréis” (Mateo 21:22).

La PALABRA tiene poder de creación

pero éste depende del crédito personal. Ese crédito personal aumenta o disminuye dependiendo de cuantas veces cumples o incumples tu palabra.

Si has afirmado cosas que luego no has cumplido, tu palabra ha ido perdiendo crédito, por lo que ha perdido poder de creación; y si por el contrario siempre que afirmas algo lo cumples, tu crédito es alto, y también lo será el poder de creación de tu palabra.

Además, todo aquello dicho y no cumplido es energía negativa que va acumulándose, hasta llegar a un punto en el que puede ser causante de enfermedades.

Sabemos que tener HONOR implica tener palabra, dirigirte siempre hacia dónde dices. Cumplir tu palabra.

Rituales

Nosotros necesitamos recurrir a rituales para tratar de convencer a nuestro inconsciente de que aquello que afirmamos es cierto, porque hemos perdido mucho crédito por las cosas que nuestros ancestros y nosotros hemos dicho y no hemos cumplido.

En las escrituras sagradas de cualquier cultura o religión, cuando hablan del inicio de la creación, veremos que siempre comienzan igual: El creador “DIJO” hágase la luz. Y la famosa frase “ABRACADABRA”, proveniente del arameo, tiene una traducción que sería “Yo creo lo que hablo”.

Así pues, ¿qué le da crédito a una persona? La capacidad de cumplir su palabra. Para ganar crédito, cumples tu palabra. Una forma fácil de ir ganando crédito a diario sería que todas las cosas normales que haces durante el día las digas antes de hacerlas: pronunciar primero lo que vas a hacer; “ahora voy a pasear…” y paseas; “ahora voy a estudiar” y estudias; “ahora voy a comer” y comes. Al estar cumpliendo tu palabra, estarás ganando crédito cada día.

Continúa en la PARTE 2