Herida de la Infancia: Falta de afecto

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Aparte de las 5 heridas de la infancia que hemos analizado (Rechazo, Abandono, Humillación, Traición e Injusticia), hay otras 3 que también conviene considerar y que a continuación exponemos brevemente.

6.- Anular las emociones de los niños

Ese ‘No llores por tonterías’ o el ‘Nada de enfadarse por tontunas’ hacen más daño al niño de lo que imaginamos. El rechazo de las emociones trastoca por completo la inteligencia emocional en la infancia. Si se prohíbe al niño llorar, sentir ira o miedo, se están anulando sus emociones básicas. De mayor, será incapaz de gestionar sus emociones porque no aprendió a hacerlo de pequeño, y se mostrará con la máscara de un adulto frío y terriblemente racional, o por el contrario, al no ser capaz de controlar las emociones, puede que se transforme en un adulto demasiado impulsivo, incapaz de dominar sus momentos de euforia, pánico o ira.

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7.- Arrebatarle la infancia

Algunos padres exigen responsabilidades de adulto a los niños. Esos niños que trabajan con 8 años, o aquellos que deben cuidar de sus hermanos siendo ellos aún niños, niños a los que se les exige sacar siempre las mejores notas, a los que se les castiga si no son capaces de sacar la mejor puntuación en todo lo que hacen… El sentir responsabilidades de adultos o una presión demasiado grande por parte de sus padres les hace madurar antes de tiempo y les priva de una infancia que jamás recuperarán. Esto les genera una frustración que, ya durante la etapa adulta, se transformará en falta de confianza en sí mismos y en algunos casos, desilusión por la vida.

8.- La falta de afecto

Muy similar a la sensación de ausencia de los padres, cuando no se da suficiente cariño a un hijo, experimenta cierto retraso en el crecimiento, tanto físico como emocional. De mayor tendrá muchos problemas para relacionarse con los demás, porque será incapaz de mostrar sus emociones. La falta de afecto de los padres anula en el niño el sentimiento de afecto hacia los demás, de empatía y compasión.

LOS PADRES NO TIENEN LA CULPA

de esas heridas que pudieron hacernos. Ellos lo hicieron lo mejor que supieron. Y si no supieron hacerlo mejor, hay que tener en cuenta que ellos también fueron víctimas de otras heridas emocionales de la infancia, de otras víctimas, en una cadena de despropósitos que se pierde en la noche de los tiempos y que hay que mirar con comprensión. Culpabilizar no nos ayuda ni nos sirve de nada.

Antes de encarnarte en esta vida, tu alma, por la razón que fuera, ya eligió lo que quería experimentar; y esa experiencia con tus padres formaba parte de ello. Esas experiencias son un reto de superación para aprender de ellas al sufrirlas (sufrir el rechazo, la humillación, etc. y sus consecuencias de rabia, baja autoestima, etc.) y tener la oportunidad de trascenderlas, mediante un autoconocimiento redentor que nos permita quitarnos las máscaras y ser quienes realmente queremos ser, eligiendo la paz interior y desarrollando nuestra capacidad de amor a pesar de todo.

Hemos venido todos a amarnos y a ser felices, lo que pasa es que no sabemos cómo. Tolerancia, humildad, flexibilidad, generosidad, confianza y autoestima son cualidades, entre otras, que podemos aprender gracias al contacto con esas heridas. Y el trabajo en esa dirección es nuestra exclusiva responsabilidad.

TOMA DE CONCIENCIA FRENTE A LA EVITACIÓN

Un factor clave en la aparición de secuelas psicológicas derivadas de los traumas es la llamada evitación experiencial o represión. Esto se produce cuando la persona tiende a evitar cualquier recuerdo, sentimiento, pensamiento o situación relacionada con el suceso. Sin embargo, es precisamente esta evitación la que constituirá el desarrollo de un problema psicológico, pues no permite el adecuado procesamiento emocional y la integración de los recuerdos de esa experiencia.

Nuestro inconsciente intentará entonces encargarse de procesar toda esa información, por ejemplo, durante el sueño. Pero esta sobrecarga de trabajo para nuestra mente se manifestará con pesadillas, recuerdos recurrentes, hipervigilancia, sobresaltos, dificultades para dormir, dificultades para concentrarse, irritabilidad, comportamientos autodestructivos, etc.

En el tratamiento del trauma es esencial trabajar con las emociones y recuerdos dolorosos asociados al suceso traumático. Sólo de esta forma se consigue un reprocesamiento que permita metabolizar esas experiencias e integrarlas de forma adaptativa en la historia de la persona.

SABEMOS QUE HEMOS SUPERADO ESAS HERIDAS cuando podemos hablar de ellas sin que nos afecten, sin tener ganas de llorar, sentir rabia o ponernos especialmente tristes.

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Herida de la infancia: La Injusticia

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Esta herida se produce entre los tres y los cinco años.

Surge en el niño que ha sufrido la frialdad y el autoritarismo, generalmente del padre del mismo sexo. El niño ha podido sentir unas exigencias demasiado altas, sus progenitores han sobrepasado sus límites de forma habitual. La persona se ha sentido frecuentemente presionada bajo las expectativas de sus padres. En este sentido, puede que sus opiniones no fueran validadas, de tal manera que no ha sabido expresarse ni ser él mismo con ese padre. De alguna manera, no le dieron el derecho de ser niño.

Sabemos que la justicia es algo que cambia en los niños según sea su edad. Así, mientras que para un niño muy pequeño de apenas 3 años, todo lo que no sea atender sus necesidades y apetencias es ‘injusto’, para un niño de unos 8 años, es mucho más injusto que él reciba un castigo por algo que hizo o no hizo y que su hermano no lo reciba por un mal que considera ‘similar’. Pero, más allá de esas percepciones de los niños, sí hay hechos justos o injustos. Por ejemplo, hacer con frecuencia regalos a uno de los hermanos y al otro no, tratar a los hijos de forma diferente, tener preferencia por uno de los hijos y que el resto lo note…

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RIGIDEZ Y AUTORITARISMO

El sentimiento de injusticia hará que el niño, cuando crezca, intente ser lo más rígido posible con todos y trate de volverse insensible; tendrá tendencia a ser un fanático del orden, poniéndose la máscara de autoritario, terriblemente perfeccionista y exigente consigo mismo y con los demás. Ese niño creció creyendo que si lo hacía todo perfecto a lo mejor le querían más. Muy poco dado al sentido del humor, será un adulto ante todo, racional. Tendrá problemas para canalizar sus emociones.

Cuando la persona contacta con esta herida a través de alguna experiencia cotidiana (objetiva o no), puede que exista un componente traumático del cual una parte de ella siente que debe protegerse. Así, la defensa psicológicas asociadas al posible trauma de injusticia es la rigidez.

Su gran miedo es el miedo a la frialdad emocional. Además, la defensa de rigidez cognitiva puede incluir: dificultad para aceptar las razones de los demás, dificultad para adquirir diferentes perspectivas, fuerte sensibilidad y reacción ante situaciones que la persona juzga como de injusticia, perfeccionismo.

LA PERSONA RÍGIDA

  • No se lleva bien con su sensibilidad.
  • Quiere mostrarse viva y dinámica, aunque esté agotada.
  • Le resta importancia a las cosas que le molestan, afirmando que se las puede apañar bien sola.
  • Siempre quiere ser y parecer positiva.
  • Se controla para parecer perfecta y corresponder al ideal que se ha fijado.
  • Hace lo necesario por controlar su ira por miedo a perder el control.
  • En su necesidad de mantener el control, a veces va a mostrar injusta con los demás exagerando un hecho o dándole más importancia de la que tiene.
  • No quiere sentir, ya que asocia la sensibilidad a la vulnerabilidad de perder el control y a parecer imperfecta de la cara a los demás.
  • Puede parecer frío e insensible, con dificultades para establecer una relación íntima satisfactoria.
  • Es muy duro con su cuerpo y sólo ocasionalmente admite estar enfermo. Se jacta de no necesitar medicamentos ni médicos.
  • No se permite disfrutar de la sensación de que todo va bien o experiencias positivas internas de orgullo y satisfacción.
  • Todo debe ser justo, estar justificado y ser justificable.
  • Cree que sus conocimientos son más importantes que sus sentimientos.
  • Cuando ha llegado a su límite, puede ser muy tajante, sarcástica, testaruda e intransigente.

RECUERDA

En mayor o menor medida, eres sensible como cualquier otra persona. No pasa nada, está bien, porque eres humano eres sensible, es inherente a tu persona aunque la vida te haya enseñado a dejar de sentir para dejar de sufrir. Por tanto, tienes derecho a expresar tus emociones con absoluta normalidad. Tampoco necesitas controlarlo todo. Entiende que el mundo seguiría girando y funcionando si tú no estuvieras en él, lo que representa un alivio para ti.

Además, tienes derecho a ser una persona imperfecta, todos los somos, pero eso no nos hace peores. Porque somos humanos somos imperfectos. Algunas cosas está bien pensarlas, pero permítete no pensar en otras y sólo sentirlas. Puedes expresar tristeza, miedo, o incluso ira, de forma natural y no pasa nada. Y, por supuesto, entiende que no siempre vas a tener razón (o el mundo no te la va a otorgar) por más elaborados y seguros que sean tus argumentos en torno a un tema. Flexibilízate. Permítete no estar seguro de las cosas. Permítete no hacer falta. Deja de querer sostener lo que no te corresponde. Acepta las cosas imperfectas, ordinarias y mediocres, también tienen derecho a existir y así son la mayoría de cosas.

ANULAR LAS EMOCIONES

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Herida de la infancia: La traición de los padres

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Esta herida se da entre los dos y los cuatro años.

Para un niño, la traición de sus padres es muy dolorosa. A veces nos ocurre, como padres, que lanzamos al aire promesas, sin darle demasiada importancia. Luego no las cumplimos. Para nosotros parecerá una tontería, pero para los niños esto tendrá una terrible consecuencia. Para ellos significará que no puede confiar en sus padres, porque le han defraudado. Las promesas se cumplen. Si el hijo se siente constantemente defraudado por sus padres, crecerá con la sensación de que no puede confiar en nadie. Por eso, se convertirá en un adulto terriblemente controlador, que no deje absolutamente nada a merced de la improvisación.

Su máscara es ser controlador y perfeccionista

Cuando la persona contacta con esta herida a través de alguna experiencia cotidiana (objetiva o no), puede que exista un componente traumático del cual una parte de ella siente que debe protegerse. Así, terminará siendo muy exigente con los demás para que cumplan con su palabra o su cometido. Tendrá tendencia a la amargura, la ira y la envidia. Será incapaz de delegar responsabilidades.

Su gran miedo es a la separación, a sentirse repudiado. Las defensas asociadas son la desconfianza, la rabia y el control. Por supuesto, huirá constantemente de la soledad.

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LA PERSONA CONTROLADORA

  • Hace grandes esfuerzos por convencer a los demás de que tiene una fuerte personalidad.
  • Busca mostrarse siempre fuerte, dar sensación de capacidad.
  • Quiere que lo consideren una persona responsable.
  • Busca ser especial e importante, para buscar la atención desde sus logros.
  • Enseguida confía en las personas que le impresionan, pero si se decepciona, se vuelve desconfiado.
  • Considera su reputación muy importante.
  • Miente sin esfuerzo para salir de una situación comprometida, pero no soporta que le mientan.
  • Espera mucho de los demás, mostrándose exigente. Se muestra muy rígida a la hora de aceptar maneras alternativas de hacer las cosas.
  • Le gusta tenerlo todo previsto.
  • Se cree indispensable y le gusta pensar que los demás fracasarán sin ella.
  • Difícilmente confía y se deja conocer con facilidad. Nunca habla de sus debilidades o fallos.
  • Es una persona rencorosa, pudiendo acabar con una relación bruscamente sin dar opción a ser retomada.

RECUERDA

Puedes vivir siendo tú mismo, sin la necesidad de demostrar nada a nadie. Puedes vivir libre de la necesidad de fundamentar tu vida en dar la sensación de que siempre todo va bien, que lo tienes todo bajo control y que no hay fallas, defectos ni vulnerabilidades en tu persona. Entiende que sí las hay y debes aceptarlo como algo normal, incluso sano. No pasa nada, está todo bien.

Acepta tus defectos y errores con humildad, no los vuelques sobre otras personas, y hazte cargo de ellos con cariño y compasión hacia ti mismo. Improvisa, la vida en muchas ocasiones se reduce a eso, en detrimento de tener que controlarlo todo constantemente. Nada se derrumba aunque tú no lo estés controlando, los demás también saben y pueden hacer las cosas bien. Deja de exigir a los demás lo que deberían ser o hacer y empieza a aplicar un poco de humildad en los juicios vertidos sobre el mundo. Entiende que no eres indispensable y que esto es bueno para ti, reduce la presión en tu vida. No olvides que la vida no te está monitorizando constantemente, que las cosas que pasan habitualmente no tienen que ver contigo y que tal y como tú las haces, hay mil maneras más de hacer las cosas bien para casi cualquier cosa.

LA INJUSTICIA

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Herida de la infancia: La humillación

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Se da sobre todo entre el primer año de edad y los tres años.

El niño se ha sentido humillado por uno de sus progenitores (preferentemente el que se encargó mayoritariamente de su cuidado) a través de una actitud represiva y despreciativa, crítica intensa y vejaciones en la infancia. El niño siente que sus padres se avergüenzan de él, que lo desaprueban, que airean sus problemas a los vecinos.

Cada vez que se le dice a un hijo cosas como ‘¡No seas tan torpe!’ o ‘¡Pero mira que eres malo!’, se le está humillando. Un niño humillado por sus padres crecerá con una terrible herida en su autoestima. Si las personas que más quiere, en las que confía, le reprochan constantemente aquello que no hace bien, sus pequeños errores, su incapacidad para hacer ciertas cosas… o resalta cualquier pequeño defecto que pueda tener, estará minando para siempre la confianza del niño en sí mismo.

COMPLEJOS Y MÁSCARAS

Cuando crezca, esa baja autoestima y los complejos que acarrean harán que sea terriblemente tímido, se sentirá inferior a los demás. Puede ponerse la máscara de la persona en exceso servicial. Haciendo favores a todo el mundo, tratando casi de expiar sus culpas ya que se sienten culpables por todo. Se niegan sus ganas de pasarlo bien y la necesidad de sentir placer. Se rebajan y dejan que los demás los sigan humillando. Disfrazándose de mártires, de “que buena persona soy” porque creen que no valen nada ya que ese niño de verdad se creía que no valía nada.

Muchas personas con esta herida esconden detrás de un exceso de comida su falta de alimento emocional, y luego se sienten culpables por su exceso y el aspecto derivado de él.

Por el contrario, también puede ponerse la máscara de persona altiva y soberbia e intentará hacer lo mismo que sus padres hicieron con él, convirtiendo a los demás constantemente en foco de burlas, llamando la atención mediante un comportamiento inadecuado o intentando ‘camuflar’ su baja autoestima -mientras no sepa hacerlo mejor- bajo esa falsa máscara de prepotencia y tiranía hacia los demás.

OTROS TRAUMAS DERIVADOS

Por otra parte, cuando la persona contacta con esta herida a través de alguna experiencia cotidiana (objetiva o no), puede que exista un componente traumático del cual una parte de ella siente que debe protegerse. Así, las defensas psicológicas asociadas al posible trauma de humillación son la activación de la vergüenza, la disociación, el congelamiento, la ira, la sumisión y el colapso.

Además, la persona que tiene una herida fundamentada en el trauma de la humillación, tiende hacia un perfil masoquista. Su gran miedo es el miedo a la libertad.

La persona masoquista:

  • Se esfuerza mucho por cumplir las expectativas de los demás. En ocasiones, esas expectativas vienen de Dios u otra figura superior.
  • Tiende a hacerse cargo del sufrimiento ajeno.
  • Rechaza la sensualidad y el amor por los placeres asociados a los sentidos. Le conecta con vergüenza.
  • No se permite disfrutar demasiado de la vida.
  • Suele tener historias complicadas con la sexualidad en su infancia o adolescencia.
  • La sensación de libertad le conecta con la ausencia de límites y sentir demasiado placer.
  • Conoce sus necesidades, pero nunca las escucha. Tiende a la constricción de los placeres terrenales como forma de vida.
  • Se siente fácilmente sucia o indigna, tendiente a sentir asco hacia sí misma.
  • Se recompensa a menudo con comida, pero pronto aparece el remordimiento, la culpabilidad y la vergüenza.
  • Utiliza la auto-humillación como forma de hacer reír a la gente.

RECUERDA

Tu palabra es tan importante como la de cualquier otra persona que esté en tu presencia. Tu vida merece ser disfrutada exactamente igual que la de otra persona. Entiende que cada cual debe cumplir sus propias expectativas, la gente no tenemos el deber de cumplir las de otros, ni tenemos el derecho de exigírselo a los demás. No necesitas hacerte de menos para que otros se sientan bien a tu lado. Bromea sobre otras cosas, pero no uses lo que no te gusta de ti para hacer reír a otros.

Tienes derecho a expresar y defender tus necesidades y puntos de vista como igual de válidos que los de enfrente. Permítete alguna decisión impulsiva de vez en cuando. Permite los caprichos y las cosas “porque sí”, sin más, descubrirás que bien sientan. Cometer errores no te convierte en alguien erróneo, como tener defectos no te convierte en alguien defectuoso. Así es que entiende que no eres indigna, ni pequeña, ni tus acciones son sucias, ni siquiera cuando éstas te conectan con tu sensibilidad o sensualidad. 

LA TRAICIÓN DE LOS PADRES

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Herida de la infancia: El abandono

Continúa desde LAS HERIDAS DE LA INFANCIA: El Rechazo

La herida de Abandono se produce desde que nace el bebé hasta los tres años de edad.

El niño siente que lo dejan de lado, que molesta, y no sabe porqué. Muchas veces el niño ha tenido experiencias de abandono en la infancia por parte del padre del sexo opuesto. Así, el trauma se construye sobre la falta de afecto o la recepción de un cariño frío o distante.

La herida de abandono tiende a conectar a la persona con un sentimiento de soledad e indefensión, y la defensa asociada a esta herida es la de persona dependiente; su gran miedo es el miedo a la soledad.

Este niño lleva desde pequeño la máscara de los apegos

Apegos a sus ideas, apegos a las personas o a las cosas. Necesitan personas a su alrededor. Incluso se sienten a veces solos estando rodeados de gente porque no pueden dejar de lado al “niño abandonado” que no han sanado.

La persona dependiente tiene miedo a no ser aceptada, miedo a vincularse con otras personas (a la cercanía, al afecto positivo…), suelen ser complacientes, evitan los conflictos y tienden a la desconfianza.

No hay un sentimiento más desolador para un niño que el sentirse abandonado. Cuando siente que sus padres no están (no le consuelan al llorar, prefieren al hermano recién llegado, un padre fallece, etc.), se siente “abandonado”. Esto le genera un vacío y una serie de miedos con los que tendrá que luchar el resto de su vida. Muchos de los niños que no se sintieron queridos de pequeños, que se sintieron abandonados por sus padres, se pasan el tiempo, durante su edad adulta, buscando emociones fuertes, actividades de riesgo… al tiempo que rechazan el cariño y contacto físico. Además, tendrán problemas para entablar relaciones estables y trabajos o proyectos duraderos.

Así, la persona dependiente:

  • Busca la presencia y atención constante de otros.
  • Sufre con frecuencia una tristeza profunda lo que le lleva a llorar y compadecerse de sí misma con frecuencia.
  • Desarrolla una actitud victimista.
  • Empatiza muy fácilmente con el sufrimiento de los demás, pero tiende a hacerlos suyos o llevar la conversación a su terreno.
  • Exhibe un lado dramático.
  • Se agarra físicamente a los demás, generando una dependencia a la hora de tomar decisiones.
  • Demanda demasiado consejo u opinión de otras personas.
  • Suele tener cambios frecuentes e inestables de humor.
  • Cree que una prueba de amor es que el otro esté siempre de acuerdo con ella.
  • Se viene abajo en presencia de una persona agresiva. Le angustia mucho la idea de quedarse sola.

Busca ser el centro de atención

La persona que ha experimentado la herida de abandono en su infancia se distingue por el deseo de hablar y por sentir placer en la conversación.

Posee un alto grado de inteligencia verbal y le encanta hablar de sí mismo, generalmente de un modo favorable.

Tiene tendencia a convertirse siempre en el centro de atención; es algo que siente que necesita y, además, le encanta.

Se comunica a través de preguntas y su lenguaje es indirecto.

Con esa actitud inconsciente lo que pretende conseguir es continuar interrelacionándose para absorber la energía de su acompañante, para atraer la atención, el interés y el afecto.

Siente miedo cuando alguien pronuncia la palabra “dejar”, pues para él tiene la connotación de que lo van a abandonar.

De la misma forma, también escucharemos con frecuencia en su vocabulario las palabras “solo y ausente”, las cuales expresa desde el dolor y el sufrimiento que siente al abandono que vivió.

Su manera de comunicarse no hace más que ratificar su dependencia energética y emocional de los otros.

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Frente al trauma del abandono, RECUERDA:

Sabes estar solo/a. Tener períodos de soledad no significa estar solo, como tener hambre dos horas antes de comer no significa pasar hambre. No estás solo aunque de vez en cuando te sientas así. No necesitas la presencia constante de otras personas para sentirte seguro. Eres una persona adulta, solvente y resolutiva, que sabe atender sus problemas por sí mismo, como has hecho decenas o cientos de veces.

Entiende que las demás personas no tienen que gastar toda su atención, presencia y recursos en atender tus necesidades, pues tú puedes atenderlas por ti mismo. Cuando lo hacen, lo hacen porque les apetece, no porque te deban nada, ni siquiera porque tú las necesites. Las cosas frecuentemente son más fáciles y simples de lo que muchas veces las hacemos. Sí puedes soportar los envites y problemas de la vida, lo has hecho cientos de veces.

La gente puede dejarte plantado o decepcionarte, no cubrir tus a veces exigentes expectativas, y aun y así seguir queriéndote porque así es como quiere la gente. Nadie te abandona cuando no te hace caso. Tú formas parte del mundo, no porque los demás te hagan caso; sino que es justo al revés: los demás te hacen caso porque formas parte del mundo.

LA HUMILLACIÓN

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Las heridas de la infancia

“La Verdad os hará libres”. El proceso de autodescubrimiento incluye muchos aspectos (transgeneracional y proyecto sentido, karma y astrología, biografía. etc.) y, aunque posiblemente no podemos abarcarlos todos, cuanto mayor sea el autoconocimiento de nosotros mismos, más posibilidades tenemos de dirigir conscientemente nuestras acciones y nuestro destino, en vez de ser dirigidos fatalmente por la marea de la vida.

Y en ese proceso de autoconocimiento, conocer las heridas que nos marcaron en la infancia y sus características es de vital importancia.

Todos tenemos cicatrices emocionales

Aunque intentemos ocultarlas. Es curioso cómo las heridas que más persisten frente al paso del tiempo no son las heridas físicas. Poco nos importa esa cicatriz en la rodilla del día en el que nos caímos de la bicicleta. Duele más y por más tiempo, esa palabra de nuestra madre o de nuestro padre que se hundió en nuestro corazón para siempre.

He aquí las 8 heridas emocionales que permanecen en el niño cuando crece

Para sanar esas heridas de la infancia, lo primero es tener conciencia de ellas

Aunque esa toma de conciencia duele, lo importante y sanador es que de esa manera podemos darle la razón a ese niño/a que fuimos. Podemos decirle que tenía razón en sus sentimientos: que era intuitivo y sabio y efectivamente no estaban bien aquellas ofensas que le hicieron. Podemos reencontrarnos con nosotros mismos siendo niños, sincerarnos y consolar a ese niño herido.

Una vez hecho esto, el segundo paso es aceptar lo que pasó. Aunque no nos gusten, aunque nos duelan, es necesario aceptarlas. Lo que pasó, fue como fue y de nada sirve caer en una postura victimista. Es mejor verlo desde la amorosa perspectiva de la comprensión: aquello ya pasó, ahora vamos a amar a ese niño que fuimos y abrazarlo.

De niños creíamos todo lo que nos decían y, para agradar a los papás y que nadie supiera el daño que nos causaba el poder de sus palabras y acciones, nos poníamos una máscara frente a los demás. Esas máscaras que nos pusimos son la imagen que proyectamos hacia la sociedad y ya forman parte de nuestra personalidad. Sin embargo, una vez que reconocemos esas máscaras, podemos quitárnoslas. Porque esas máscaras que nos pusimos para defendernos emocionalmente nos impiden ahora ser quién realmente somos, y cómo realmente somos liberados de ellas. Una vez que hemos logrado “desenmascarar” a esa máscara y quitárnosla, podemos decir: “Sí, yo soy así”.

1.- EL RECHAZO

Esta herida surge desde la concepción hasta el primer año de edad aproximadamente.

El niño/a siente que sus padres no lo quieren, no importa si hace esto o lo otro, no depende de si hace algo mejor o peor, simplemente él siente que no quieren su existencia. Esta herida ocurre como consecuencia de que los padres han pensado que no era el momento adecuado para que el niño llegara, por las razones que sean. Y es independiente de que después los padres lo quieran. El caso es que el niño ha notado esa sensación (puede que ya desde el vientre materno) y se ha impregnado de ella: sentía que molestaba simplemente por ser y estar.

Ese niño rechazado de pequeño se ha puesto una máscara de rabia y luego se convierte en un adulto rabioso y huidizo, a quien le cuesta pedir ayuda porque teme que le rechacen otra vez.

Esta defensa suele incluir la interpretación de palabras o gestos de manera errónea, sensación frecuente de desaprobación, crítica y juicio internos constantes y miedo a ser dañado/a.

Es una persona que no se acepta, que se rechaza a sí misma, que no se siente merecedor de amor, rechaza a los demás y, subconscientemente, hace que los demás lo rechacen. Se comporta de una manera déspota y huraña para que los demás no quieran tenerlo cerca. Así vuelve a revivir, sin darse cuenta, esa herida de rechazo.

Así, la persona huidiza o evitativa:

  • Es propenso a sentir rabia.
  • Tiende a juzgarse como alguien de poca valía.
  • Se percibe distinta al resto de sus familiares.
  • Tiene tendencia hacia el aislamiento, también sensación de soledad o incomprensión.
  • Tiende a los comportamientos de huida o evitación.
  • No soporta muy bien a las personas de tono elevado o conflictivo.
  • Es perfeccionista, por miedo inconsciente a no estar a la altura de lo que cree que se le exige en la vida o sentimiento de estar desperdiciándola.

En algunos casos, como reacción al rechazo sufrido, se puede crear una ilusión idealizada que consiste en verse a sí mismo como superior. Por otra parte, con frecuencia, a esa reacción de huida se añade una actitud de separación y desprecio: «detesto y desprecio a este mundo». En el fondo, muchas veces sienten un rechazo a su actual encarnación y aprenden inconscientemente a ausentarse del momento presente.

El rechazo daña tremendamente la autoestima. De mayor tendrá una gran dificultad para expresar sus emociones. El miedo constante al rechazo le convertirá en un adulto incapaz de entablar relaciones personales estables. Preferirá la soledad.

Si tu herida de rechazo tiene visos de trauma, RECUERDA:

“Cuéntale a tu parte defensiva (la que sostiene el trauma para que no te afecte demasiado) que de forma habitual nadie siente que sobras. Tu presencia es tan importante como la de cualquiera. Tus particularidades son solo tuyas y, aunque tienes defectos como todo el mundo, en lo general eres una persona tan apta como cualquiera. Entiende que el mundo no gira a tu alrededor, lo cual es una buena noticia porque nadie te observa, nadie te analiza, nadie espera que seas nada en especial. Ya eres una persona valiosa en ti misma. Es suficiente. Nadie te juzga. Las personas a las que quieres te quieren. No tienes que esconder nada. Ya eres alguien. Existes porque tienes la dignidad de existir. Tienes un sitio en este mundo como la que más. Puedes afrontarlo todo. Eres suficiente. Eres valiosa.”

2.- EL ABANDONO

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